07 abr. 2026

LASTRES QUE CARGAR, SAPOS QUE TRAGAR

De compromisos y facturas electorales

La historia política paraguaya registra pocas iniciativas más disparatadas que la emprendida hace algún tiempo por el político liberal Manuel Radice. Pretendía juntar un millón de firmas para pedir a los colorados que no votaran a Juan Carlos Galaverna como candidato a senador. El procedimiento era tan equivocado que el esfuerzo terminó de modo más que previsible: esfumado en olvido

Galaverna -incombustible, pese a la interminable campaña de prensa que lo tilda de “espantavotos"- ocupa el lugar número dos de la lista oficialista y convierte cada cumpleaños en una clara exhibición de poder. No emito juicios de valor sobre su actuación política, solo compruebo que, más allá de los voluntarismos en contra, su presencia en el Parlamento resulta sencillamente indispensable para los colorados. Este es el tipo de realidades que deben administrar los candidatos que están en campaña electoral

Hacer política implica hacer concesiones. En aras de sumar votos, el candidato abdica de ciertos caprichos, concede pedidos que íntimamente considera excesivos y se abraza con personas con las que jamás compartiría un minuto más de lo necesario. Pero también se trata de ganar las elecciones sin perder demasiado la compostura, ni violar alguno que otro principio considerado sagrado.

Claro que hay casos en los que esta suerte de dudas existenciales ni siquiera se plantean. Es que, a veces, el propio candidato es mucho más inescrupuloso y sinvergüenza que todos sus adherentes juntos. Dejemos de lado esta posibilidad, para que este comentario llegue a algún lado.

Es en la campaña electoral donde el candidato pone a prueba sus escrúpulos. Hay apoyos codiciados por el soporte político, la inyección económica o el arrastre de votos que suponen. Pero hay otros que, a la vez, conllevan una carga de desprestigio y mala imagen intolerables.

Allí, en el medio de ese incierto arte de lo posible, se encuentran los candidatos, calculando sus límites. Ya veo que no me sigue. Probemos con ejemplos.

A veces, la balanza del marketing puede aconsejar decirle al aliado potencial un “no, gracias, otro día”. Ese rechazo puede ser frontal, como el que Luis Castiglioni propinó al argañismo cuando su apoyo le fue ofrecido, o sibilino y gradual, como el estilo usado por Fernando Lugo para desprenderse de su variopinto entorno original.

Lo usual, sin embargo, es que resulte difícil resistirse a la tentación de incorporar los votos que supuestamente acompañan a la figura recién llegada. La antológica cara de hiperacidez estomacal con la que Blanca Ovelar recibe en el escenario al impresentable diputado Magdaleno Silva solo es comparable a su facies de despiste cuando la prensa le muestra evidencias del uso de aviones, autos, combustibles, víveres y remedios del Estado a favor de su campaña interna. ¿Se fijó usted en la dudosa sonrisa de Luis Castiglioni al posar con el peculiarmente prepotente Walberto Zárate, intendente de Mariano Roque Alonso? Este trae votos, es cierto, pero está involucrado en tantas denuncias que su currículum vitae parece un tomo de Derecho Penal.

El candidato se ilusiona con la idea de que, luego de ganar, podrá desprenderse de estos lastres inevitables. En la generalidad de los casos sucede que esos sapos difíciles de tragar durante la campaña se convierten después en iguanas gigantescas. Eso, cuando no son los directos responsables de las derrotas. Dura, la vida del candidato. Cada abrazo, un dilema; cada palmada en la espalda, un atroz acceso de dudas

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