Las elecciones municipales dejan dos lecturas aparentemente contradictorias. Por un lado, la ANR alcanzó su mejor resultado electoral en tres décadas, mientras, por el otro, la oposición ganó en distritos altamente simbólicos como Asunción y Ciudad del Este. Para interpretar estos resultados conviene distinguir entre la fortaleza estructural de la ANR y las variables políticas que hicieron posible las victorias de la oposición.
El coloradismo demostró el músculo de su organización territorial y su capacidad de adaptación a las nuevas reglas electorales. Su capilaridad, caracterizada por una extensa red de seccionales coloradas, recursos de patronazgo, dirigentes y líderes de base ampliamente descentralizados, le permite sostener sus vínculos políticos que no se limitan a los tiempos electorales, encapsular a sus votantes y reproducir lealtades. Pero esta fortaleza organizacional, aunque le da ventajas para movilizar a sus electores, no le garantiza que todos apoyen a sus candidatos.
Asunción ofrece un ejemplo de los límites de la ANR. La pésima gestión municipal dio espacio al voto retrospectivo de sanción. La cúpula intentó reducir el efecto sancionador recurriendo a un dirigente deportivo fuera de la estructura partidaria para atraer al voto no colorado. Pero la estrategia no fue suficiente. Y aunque la organización conservó su voto en la lista de concejales, no logró trasladarlo totalmente a su intendentable.
La oposición no solo se basó en el descontento. La coordinación política permitió seleccionar una candidatura competitiva que sumara votos colorados y evitara la dispersión del resto del electorado. Hubo trabajo territorial que agregó apoyos y este no es un dato menor. No reprodujo las redes coloradas, sino que fomentó otros vínculos políticos. En el día de la votación hubo un amplio despliegue de agentes para el control electoral. Esa presencia sorprendió a los colorados y mostró que la organización opositora fue más allá de la presentación de candidaturas. El desgaste de la gestión abrió la ventana, pero la victoria necesitó de organización, coordinación y una candidatura que supiera aprovecharla.
CDE ofrece otra lectura. Allí, la ANR ya no era dominante. En todas las elecciones desde el 2015, obtuvo menos votos que su promedio nacional. Del otro lado, existía una organización que desarrolló capilaridad local y supo mantenerse en el tiempo. Puede ser que las condiciones socioeconómicas de la zona hayan reducido la dependencia del clientelismo colorado o que el control de las oficinas locales por parte de la oposición haya reconfigurado los vínculos de intermediación. En cualquier caso, lo distintivo es que ahí la ANR enfrentó a una organización que le arrebató el control territorial.
Estas combinaciones operan a escala local y no pueden trasladarse mecánicamente a la competencia nacional. Pero ofrecen nuevos elementos para revisar estrategias partidarias con vistas a las elecciones generales de 2028.
En concreto, la ANR puede perder elecciones importantes sin perder su predominio territorial. La oposición puede ganar elecciones sin haber construido una organización equivalente a escala nacional ni desmantelado la ventaja estructural colorada. Ese es, quizás, el principal resultado de las municipales y también la razón por la cual las dos lecturas, aunque opuestas, no son contradictorias.