Opinión

Las autoridades que producen estrés y desesperanza

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py

Hace algunos años, en los momentos incipientes del proceso democrático, cuando vivíamos a los tumbos en medio de conspiraciones, amenazas de golpe, vendettas parlamentarias, situaciones de protestas y represiones, ocupaciones de tierras y un fuerte temor a un retroceso hacia el autoritarismo, era tan inestable el ambiente político que a algunos periodistas nos resultaba fastidioso y desgastante requerir la opinión a ciertos parlamentarios y dirigentes políticos, protagonistas y responsables de semejante clima. Era así, no solo porque no aportaban nada para mejorar la situación, sino por el tremendo daño que hacían al proceso democrático y al país.

En ese contexto, recuerdo que un director de medios nos había dicho, sorprendido, que esos eran los dirigentes que teníamos y que no deberíamos esperar mucho de ellos. Por usar una figura, algo así como “los bueyes con los que tenemos que arar”. A no ser que los cambiemos.

Con el paso del tiempo, y en tramos de mayor estabilidad política, pasaron varios de esos dirigentes, pero de manos de los partidos y movimientos políticos aparecieron otros, supuestamente más democráticos y mejores.

Actualmente aquellos caudillos no están permanentemente en la palestra, pero gozan de cierta consideración de sus correligionarios, en gran medida, porque fueron quienes, fieles a la política clientelista, abrieron las puertas al empleo público a sus partidarios. Para ellos, el Estado ha sido siempre un coto de caza.

Esa sensación de que el Paraguay lleva sobre sí como parte de su infortunio el no contar con los líderes adecuados a la época se reaviva cuando asistimos a situaciones tan bochornosas como las que crea una persona como el ministro de Educación, Eduardo Petta, a su vez, producto de la improvisada y poco analizada composición del Gabinete por parte de quien, 15 a 10 años atrás, era impensable que fuera a constituirse en jefe de Estado, visto su origen stronista.

Pero ocurrió, Mario Abdo Benítez es presidente de la República y seguimos girando sobre las mismas incapacidades, inoperancias y alergia a las críticas de parte de buena parte de las autoridades que lo acompañan. Esto ocurre no solo porque no se han generado mejores candidaturas, ni hay interés de que ello ocurra, sino por la propia incapacidad del sector de la oposición, hoy prácticamente inexistente. Lo cierto es que, aunque hayan transcurrido 31 años de libertad, aún padecemos las consecuencias de una dirigencia cosméticamente aggiornada, en la que fácilmente aflorarán rasgos muy preocupantes atribuidos a dirigentes del viejo cuño: prepotencia, concepción limitada del Estado, la búsqueda del poder para mejorar el patrimonio personal, el culto a la personalidad, el apego a la opacidad, la fobia a la prensa y todo lo que suene a transparencia.

Por eso, qué representativo es que en estos momentos, vísperas del inicio de clases en todo el país, en lugar de que el Gobierno nos sorprenda con anuncios gratificantes y esperanzadores sobre educación, esté embarcado en tratar de tapar una gestión que en su conjunto no está resultando, porque carece del equipo idóneo para liderarla.

O que, como ayer, el presidente, que debería estar ocupándose afanosamente de asuntos de Estado, destine valiosas horas de trabajo a tratar cuestiones partidarias, en Palacio de Gobierno, con figuras que nada aportaron al país y que ralentizaron el proceso democrático.

O que de manos de este Gobierno se reivindiquen figuras del stronismo, como lo hicieron la semana pasada en un acto oficial del Ministerio de Educación donde homenajearon al ex ministro de Educación de la época de la dictadura.

La sensación de retroceso y el estrés ciudadano de soportar que gente sin predicamento, sin patriotismo y sin preparación dirija el Paraguay vuelven con fuerza cuando vemos estas escenas por impulso de personas que transmiten cero esperanzas de que algo vaya a cambiar.

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