En Paraguay, como en la mayoría de los países del mundo, están aumentando las adicciones al alcohol, a drogas ilícitas, a tranquilizantes, estimulantes, pero también se están desarrollando adicciones al uso del celular y de las redes sociales, a los juegos, a la pornografía ya otras conductas relacionadas con trastornos de la personalidad, que disminuyen el potencial de las personas y empobrecen las relaciones sociales, entorpecen la productividad y reducen las posibilidades de progreso. Son males que afectan al bien común y requieren un abordaje interdisciplinario.
Las adicciones a sustancias y a conductas dañinas muestran tasas crecientes a nivel mundial. Se estima que el 5% de la población consume drogas ilegales anualmente, mientras que el uso problemático de internet y redes sociales afecta al 33% de adolescentes. La adicción a la pornografía tiene una prevalencia global estimada del 13%, impulsada por su accesibilidad y efectos neurobiológicos similares a sustancias químicas adictivas.
Cada vez son más las visibilizaciones de grupos de padres de familia y personas con adicciones en recuperación que hacen pública su situación, buscan y dan ayuda. Existen espacios de contención como la confraternidad de Narcóticos Anónimos (NAR-ANON), pero no son suficientes, ya que la tendencia a desarrollar adicciones crece y supera las respuestas organizadas que se tienen hasta hoy.
No es fácil la exposición del drama personal y familiar y es valiente y loable que existan espacios anónimos, gratuitos y confidenciales que ofrecen metodologías efectivas de recuperación para quienes libremente deciden emprender el camino de sanación integral físico, afectivo, psicoespiritual y social.
No solo los afectados en primera persona necesitan enfrentar con valentía la existencia de este problema, sino también los familiares de los adictos, ya que son afectados directamente en la convivencia, y también toda la sociedad que sufre las consecuencias en diferentes ámbitos, incluso económico, ya que la adicción reduce al mínimo también la autonomía laboral y pauperiza las condiciones de vida.
Se sabe por numerosos estudios científicos que hoy no solo se desarrollan adicciones a las drogas ilícitas, sino también al juego (ludopatía), al celular (nomofobia), a la pornografía, etcétera.
El proceso neurológico de la adicción implica la liberación masiva de dopamina en el sistema de recompensa cerebral. Con el tiempo, el consumo crónico desensibiliza este sistema y altera la corteza prefrontal, reduciendo el autocontrol y convirtiendo el consumo en una conducta compulsiva para aliviar el malestar.
Las sustancias y conductas activan el circuito de recompensa, liberando dopamina y reforzando la necesidad de repetir la acción.
El cerebro disminuye la producción natural de dopamina, lo que exige mayores dosis para obtener el mismo efecto y provoca síndrome de abstinencia al detener el consumo. El hipocampo y la amígdala generan recuerdos intensos que activan deseos intensos. La corteza prefrontal se debilita, afectando la toma de decisiones y perpetuando la conducta compulsiva.
Pero el tratamiento no es solo médico o fisiológico, sino que debe ser interdisciplinario, tampoco se debe enfatizar su aspecto punitivo, sino preventivo y es necesario que la sociedad tome conciencia de la necesidad del desarrollo de hábitos saludables preventivos, espacios para apoyo a adictos, así como de la presencia orientadora de los padres para los hijos, sabiendo establecer canales de comunicación adecuados, así como límites claros. Por su parte, el estado debe apoyar subsidiariamente todas las iniciativas de bien común que surgen en la comunidad como respuesta sistemática e integral al problema de la adicción, combatir el narcotráfico, fomentar espacios de actividades sociales y culturales libres de estimulaciones peligrosas que puedan llevar a la adicción, campañas de concienciación en las instituciones educativa que no juzguen a las víctimas, sino que les brinden apoyo y estatus positivo a quienes están en camino de recuperación, etcétera. Es una tarea urgente.