21 abr. 2026

Lamentos divinos

Hoy meditamos el Evangelio según San Lucas 10, 13-16.

“Quien a vosotros os oye, a mí me oye”. La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar lo mejor de cada uno con una exigencia amable al servicio de los demás.

El Señor abre su corazón con lamentos de amor. Después de haber instruido a setenta y dos de sus discípulos para la primera misión apostólica, se lamenta de la dureza de corazón y de la ceguera ante el anuncio de la llegada del Reino de Dios de aquellas ciudades que habían presenciado tantos y tan grandes milagros. Para removerlos el Señor les habla del juicio y del infierno, de la reprobación de aquellos que rechazan la paz, que se manifiesta en Cristo, nuestro Señor.

Hoy seguimos siendo testigos de grandes milagros, no solamente en las causas de beatificación o de canonización, también de tantas maravillas que obra la gracia en nosotros y en personas cercanas y, si no fuera así, tendríamos que clamar: ¡Señor, que vea! (Marcos, 10, 51) Que vea las maravillas que realiza tu misericordia.

Es posible que Cristo pase con frecuencia a nuestro lado y nos hable con las palabras de un amigo o de un sacerdote y no le prestemos atención o despreciemos lo que nos dicen, porque nuestros pensamientos son otros. Viene bien en tales casos recordar lo que nos dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones’ (Hebreos, 3, 15), abre de par en par las puertas a Cristo”.

La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar nuestro mejor yo en los distintos momentos de nuestra vida con una exigencia amable. Y lo hace, porque está en juego nuestra felicidad y la de otros. No solo la mala voluntad es causa del endurecimiento del corazón, también la desidia, la pereza que conduce a rechazar los requerimientos divinos con un no o con un mañana, luego, después.

(Frases extractadas de https://opusdei.org/es/gospel/2023-10-06/)

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