19 may. 2026

La virtud de la templanza

La virtud de la templanza ha de impregnar toda la vida del cristiano: desde las comodidades del hogar hasta los instrumentos de trabajo y los modos de divertirse. Para descansar, por ejemplo, no es preciso realizar grandes gastos ni largos desplazamientos. Da ejemplo de templanza quien sabe hacer un uso moderado de la televisión y de los instrumentos de confort que ofrece la técnica, sin estar excesivamente pendiente de su propio bienestar. Muchos parecen vivir exclusivamente para esto: para pasar la vida con el mayor bienestar posible. En nuestros días, también se puede decir de ciertas personas que su dios es el vientre, por el afán que ponen en la comida y en la bebida, campo también principal de la templanza. La persona sobria, por el contrario, es aquella que modera el uso de los alimentos: evita comer a deshora y por capricho; no busca los alimentos más exquisitos, con gastos desproporcionados; no consume cantidades excesivas... «De ordinario comes más de lo que necesitas. Y esa hartura te inhabilita para saborear los bienes sobrenaturales y entorpece tu entendimiento».

Para crecer en esta virtud necesitamos ser mortificados en la comida y en la bebida, y prescindir a veces de gustos y placeres lícitos. Santo Tomás señala que, aunque la sobriedad y la templanza son necesarias a todos, de modo particular a los jóvenes, más inclinados frecuentemente a la sensualidad; a las mujeres; a los ancianos, que deben dar ejemplo; a los ministros de la Iglesia; y a los gobernantes.

La templanza hace referencia también a la moderación de la curiosidad, del hablar sin medida, del porte externo, de las bromas... «Pienso –afirmaba el beato Juan Pablo II– que esta virtud exige también de cada uno una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en la naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la “del corazón”», que tan bien se compagina con el rechazo de la ostentación y de la necia vanidad.

La templanza es una gran defensa frente a la agresividad de un ambiente volcado en los bienes materiales, dispone para recibir, como tierra buena, las mociones del Espíritu Santo, y es un medio indispensable para realizar un apostolado eficaz en medio del mundo.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal)