Para crecer en esta virtud necesitamos ser mortificados en la comida y en la bebida, y prescindir a veces de gustos y placeres lícitos. Santo Tomás señala que, aunque la sobriedad y la templanza son necesarias a todos, de modo particular a los jóvenes, más inclinados frecuentemente a la sensualidad; a las mujeres; a los ancianos, que deben dar ejemplo; a los ministros de la Iglesia; y a los gobernantes.
La templanza hace referencia también a la moderación de la curiosidad, del hablar sin medida, del porte externo, de las bromas... «Pienso –afirmaba el beato Juan Pablo II– que esta virtud exige también de cada uno una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en la naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la “del corazón”», que tan bien se compagina con el rechazo de la ostentación y de la necia vanidad.
La templanza es una gran defensa frente a la agresividad de un ambiente volcado en los bienes materiales, dispone para recibir, como tierra buena, las mociones del Espíritu Santo, y es un medio indispensable para realizar un apostolado eficaz en medio del mundo.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal)