Por Andrés Colmán Gutiérrez
ENCARNACIÓN, ITAPÚA
Toc, toc, toc, golpea el martillo incesante, y con cada ladrillo que arrancan de las viejas paredes, los encarnacenos sienten como si estuvieran arrancando jirones de su propia alma.
Ya casi nada queda de la Zona Baja, el sector comercial más histórico, donde transcurrió gran parte de la vida institucional de una de las ciudades más antiguas del Paraguay, que recientemente cumplió 395 años de fundación.
Solo jirones de algunas viviendas y negocios se sostienen heroicamente contra el viento, y unos pocos pobladores y comerciantes se resisten a abandonar los últimos lugares, a la espera de obtener alguna mejor indemnización de la Entidad Binacional Yacyretá, encargada de evacuar, reubicar y compensar económicamente a los afectados.
“Muchos de los que todavía quedan son especuladores, personas que han vuelto a ingresar en sitios que otros ya abandonaron, por los cuales ya cobraron, y quieren lucrar con la situación. Estamos estudiando cada caso al detalle, para encontrar la mejor solución. No queremos ser injustos. Pero en pocos días más todo será demolido, y las obras de la nueva costanera ya cubrirán todo el sector”, dice la directora de Yacyretá, Elba Recalde, mientras conduce al reportero de Última Hora por la zona de obras.
EL FIN DE UNA ETAPA. Del viejo muelle del Puerto solo emergen las puntas de las torres que alguna vez fueran clásicas imágenes de postal turística en algún dorado atardecer sobre el río.
La hermosa casona colonial que fue el edificio de la Aduana es hoy un resto de decorado de una película de apocalipsis, sosteniéndose contra el viento en medio de los escombros ahogados en agua, mientras las topadoras y los volquetes van acumulando tierra sobre muros de piedra dura que contienen las aguas del río Paraná, erigiendo otra ciudad -o acaso la misma, pero diferente- que todavía tiene una caótica proyección de futuro.
Cerca del lugar que alguna vez fue la base de la Armada Nacional, se alza descascarado e imponente el último edificio histórico todavía en pie, la ex sede del Banco Mercantil, y posteriormente del Correo, de deslumbrante arquitectura neoclásica. En su fachada, apenas sostenida por andamios, todavía puede verse la fecha de su inauguración: 1915. El historiador encarnaceno Julio Sotelo relata que el edificio, construido a principios del siglo XX, con planos de los ingenieros Cálcena y Hoffner, ha sido el ícono más recurrente del paisaje urbano sureño, “una imagen que ahora morirá para siempre”.
La directora de Yacyretá, Elba Recalde, anunció que la demolición del edificio del Correo, al igual que la de la Estación del Ferrocarril de Encarnación, podría ocurrir esta misma semana, según el parecer de los técnicos.
“La decisión final está en manos de los técnicos de una asociación especializada en el patrimonio histórico. La Estación del Ferrocarril será desmantelada y vuelta a construir en otro sitio, que debe ser indicado por la Municipalidad. No así el edificio del Correo, que por sus características ya no puede ser reconstruido. Lamentablemente se perderá, como un hecho inevitable de la transformación de la ciudad”, explicó el ingeniero Julio Vera, encargado de obras críticas de la entidad binacional.
LA OTRA CIUDAD. Mientras la vieja Encarnación termina de ser desmantelada y esfumarse a golpes de martillo, ladrillo a ladrillo, otra nueva va emergiendo rápidamente, entre el ronquido de las grandes máquinas viales.
A muy poca distancia, una visión de esa ciudad futura ya resplandece con la apariencia de un enorme espacio-puerto de película de ciencia ficción. Es el primer tramo de casi mil metros de una avenida costanera que abarcará 27 kilómetros, rodeando a toda la ciudad. El sector denominado Padre Bolik fue inaugurado el pasado 24 de marzo, a un costo de ocho millones de dólares, y permite imaginar lo que será el resto.
“Confiamos que en pocos meses más ya estaremos habilitando un segundo tramo y que para diciembre del 2011 ya tendremos toda la obra concluida”, se permite soñar la directora de Yacyretá, Elba Recalde, contemplando a un grupo de jóvenes encarnacenos que caminan por la nueva rambla iluminada, mirando las últimas luces del atardecer reflejarse en las aguas del arroyo Mbói Ka’e.