Opinión

La verdad sin miedos

Gustavo A. Olmedo B.

En tiempos en que cuesta reconocer la verdad, más aún si implica la renuncia de algún pensamiento o beneficio propio. En un contexto en el que faltan referentes de compromiso honesto y serio con la profesión y las ciencias, recordar al médico y genetista francés Jérôme Lejeune, el descubridor de la causa del síndrome de Down –la trisomía del cromosoma 21– es más que necesario, es una urgencia.

Hablamos de una figura notable. Junto a sus colaboradores descubre el mecanismo de varias patologías cromosómicas. Fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia. En su carácter de experto de la ONU sobre los efectos de la radiación atómica en la genética, desempeñó un papel admirable como mediador entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la guerra fría.

Hoy, a 25 años de su fallecimiento –aniversario que será recordado mañana con un evento en Asunción–, el llamado padre de la genética moderna es reconocido también como el promotor de una verdad sin miedos. En su momento, no dudó en exponer lo que sus descubrimientos revelaban, aunque aquello no era lo políticamente correcto.

Nominado número uno para el Premio Nobel, prefirió perder este galardón en vez de ocultar las evidencias genéticas sobre el estatuto humano del embrión desde la concepción. “Cada uno de nosotros tiene un momento preciso en que comenzamos...”, afirmaba.

En 1969, mientras recibe el Premio William Allen, la más alta distinción en el ámbito de la genética, en San Francisco, pronuncia un discurso en defensa de la dignidad humana de los embriones, lo que genera el rechazo de sectores científicos de entonces.

“La naturaleza del ser humano está contenida tras la concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o embrión, se diga lo que se diga, es humano”, afirmó para escándalo de las organizaciones que promovían el control de la natalidad mediante este método.

Esto significó, además, el recorte de presupuestos y donativos para las investigaciones a favor de niños con síndrome de Down, a quienes dedicó buena parte de su vida y esfuerzo, buscando devolverles la dignidad y el mejoramiento de la calidad de vida.

Cuentan quienes lo conocieron que dedicaba gran parte de su tiempo a revisar con “paciencia y precisión clínica” a cada uno de sus pacientes, al tiempo de trabajar para que padres e hijos se enamoraran de la vida. Una pasión “por cada rostro” en medio de las dificultades y la desesperanza.

Creó una fundación para tratar el Síndrome de Down y otras alteraciones, ofreciendo tratamiento físico y sicológico a miles de personas desde 1995.

“Las cosas hay que decirlas claramente: la calidad de una civilización se mide por el respeto que le profesa al más débil de sus miembros...”, afirmaba ante sus colegas que apoyaban la idea de utilizar sus descubrimientos para eliminar embriones con anomalías genéticas. “Nuestro enemigo no es el enfermo, es la enfermedad”; “Matar a un niño por estar enfermo es un asesinato”; “Nosotros somos médicos. Yo no hablo desde un púlpito. Hablo de niños de carne y hueso…”, expresaba sin temor y asumiendo las consecuencias de su posición.

Educar en el apego hacia aquello que la evidencia y la razón revelan es un factor clave de la educación que debemos propiciar. En medio de tantas convulsiones en la región y ante la presión de organizaciones feministas y multinacionales, vale la pena aprender a valorar los argumentos científicos antes que los ideológicos. Decir y aceptar la verdad, aunque duela, no es cosa fácil, pero es la posibilidad que tenemos de ser hombres y mujeres más libres. Lejeune es un ejemplo de ello.

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