Opinión

La soberbia y el bluff omnipotente

Blas Brítez Por Blas Brítez

Hace un siglo, en el barrio Villa Aurelia de Asunción, Viriato Díaz-Pérez se lamentaba de la época inmodesta que le había tocado vivir. Se había dedicado además a recoger, en sus lecturas, citas referentes a la modestia, como un pasatiempo intelectual sin finalidad aparente. Siempre que encontraba alguna mención al tema, “muy de tarde en tarde, por supuesto”, se acordaba de un amigo paraguayo (“original amante de las letras, que rara vez escribe”), a quien en una ocasión encontró en la calle.

Este le preguntó: “¿Qué conoce usted sobre la modestia?” El misterioso “Doctor V”, como llamó a su interlocutor el español que vivió, escribió y enseñó durante cincuenta y tres años en Paraguay, no era “hombre de letras”, pero tenía redactado un estudio acerca de la modestia nunca publicado.

Viriato, para complacer a dicho amigo, se dedicó entonces a la tarea de indagar más al respecto y de escribir, después, un artículo publicado en 1926, pero fechado cinco años antes y cierto tiempo luego de la grata charla en las calles de Asunción. En dicho artículo, Viriato discurrió sobre las referencias bibliográficas que conocía, que no era poca, sobre “la anacrónica virtud de la modestia”.

Encontró que, a diferencia de otros raros asuntos a los que filósofos, escritores y científicos de todo el mundo han dedicado sus investigaciones, “no poseemos probablemente obra alguna y aun, acaso, no se ha escrito tratado, ni aun tal vez opúsculo alguno” acerca de la modestia. Halló apenas citas dispersas en textos y autores que van desde el I Ching y Cicerón, pasando por Gracián y La Bruyère, hasta llegar a Schopenhauer, Amiel y Maeterlinck, entre otros, pero nada que se hubiera escrito específicamente sobre la cuestión.

Los párrafos en los que el autor de El viejo reloj de Runeberg se dedicó a reflexionar sobre sus tiempos inmodestos son, entre todo y sin embargo, lo más jugoso de aquel artículo de 1921, acaso porque se ha profundizado el anacronismo, raras veces viable entre nosotros. Dice Díaz-Pérez, por ejemplo, y hay que notar la inocultable actualidad de la hora:

“El profesor Pedro Sebastián Laurenti dejó escrito, referente a la historia de la literatura, que ‘allí donde la lengua ha dejado de ser modesta, la vida deja de ser pura’. Y este es el caso actual. No ya nuestros actos exhibicionistas, brutales, y sin traba moral alguna, sino hasta el lenguaje en que nos ocupamos de ellos, distan tanto de la decorosa y señorial Modestia, como los ingráciles ‘cumplimientos’ sociales de la actual cursilería burguesa distan de la antigua cortesía seria e hidalga”.

Más adelante, presintiendo el impacto farsesco, teatral, de las comunicaciones masivas, sociales, en red, dice: “Estamos en los tiempos del ‘bluff’ omnipotente, de la ‘reclame’ victoriosa, del ‘anuncio’ a tanto la línea y del ‘bombo’ resonante [aquí habría que añadir: del autobombo]. La prensa, que en sus orígenes fue casi un sacerdocio, es hoy compañía anónima, que ‘lanza’ indistintamente a la ‘circulación’ un talento o un específico [sic], un pensador o una cancionista, y les ‘explota’ después, como una cantera. Aumenta progresivamente el tamaño y el espesor de los títulos periodísticos; y no se dice ya que se adquiere gloria sin ‘cartel’. El mérito esencial va resultando ya tan poca cosa que no suele preguntarse una persona por su talento, sino por ‘sus acciones’, de donde resulta que un editor o una pandilla de asociados, o unos gacetilleros, pueden ‘hacer subir’ estas produciendo un genio todas las semanas”.

Es cierto que hay un dejo de nostalgia de viejo en Viriato, esa amargura con la que se explayará aún mejor, en Cambalache, Enrique Santos Discépolo, trece años después; también es cierto que de ahí, tal vez, hace un siglo Viriato haya concluido que la palabra modestia ha sido convertida en una voz “antañona y obsoleta”, desaparecida bajo “densas capas de exhibicionismo”, sobre todo, en la “plataforma” política y el “tablado” públicos, dice Viriato, que desembocan hoy más que nunca en la soberbia, muy lejos de la modestia, al menos en Paraguay.

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