30 abr. 2026

La purificación del Templo

Hoy meditamos el Evangelio según san Juan 2,13-25: “Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas:

–Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.

Recordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.

Entonces los judíos replicaron:

–¿Qué signo nos das para hacer esto?

Jesús respondió:

–Destruid este Templo y en tres días lo levantaré …”

“¿Qué signo nos das para hacer esto? –Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. En la purificación del Templo, Jesús anticipa su cruz y su resurrección, inaugurando un nuevo culto que se realiza en la comunión con Él.

En el camino de la Cuaresma, la liturgia de este III domingo nos propone contemplar la escena conocida como “La purificación del Templo”. Los otros evangelistas sitúan este acontecimiento en la última semana de Jesús en Jerusalén, cuando llevara a cabo la misión que había recibido del Padre, mientras que Juan lo sitúa al comienzo del ministerio público de Jesús, probablemente, con la idea de considerarlo un gesto programático.

Al echar del Templo a los vendedores y cambistas, Jesús recuerda las palabras proféticas de Zacarías: “Aquel día no habrá más traficantes en el Templo del Señor” (Zc. 14,21). Los judíos, entendiendo que se trataba de un gesto simbólico, le piden un signo para comprobar que está actuando en nombre y con el poder de Dios, como un verdadero profeta.

Jesús ofrece un signo que ningún otro profeta podría haber dado: la cruz y la resurrección. “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. El sentido de estas palabras, malinterpretadas por los judíos, será revelado solo en la resurrección de Jesús, cuando los discípulos “recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús”.

La cruz y la resurrección de Jesús abren a una nueva forma de adorar a Dios. El lugar del encuentro entre Dios y los hombres ya no será el Templo, sino el cuerpo de Jesús resucitado y glorificado que reúne a todos en el Sacramento de su cuerpo y sangre.

Poco después, en el mismo Evangelio de Juan, a la samaritana Jesús le explicará más claramente: “Llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…). Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca” (Jn. 4,21-23).

A este nuevo culto hace referencia san Pablo cuando llama a los cristianos “templo de Dios” (1 Cor. 3,16) y sobre todo cuando exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios. Se trata del “culto espiritual” (Rm. 12,1), un culto en el cual el hombre unido a Cristo llega a ser adoración, glorificación del Dios vivo.

Después de la purificación del Templo, el evangelista señala que muchos, al ver los signos que realizaba, creyeron en su nombre y, sin embargo, Jesús “no se fiaba de ellos, porque conocía el interior de cada hombre”.

A veces, nuestra fe, como la de aquellos adversarios de Jesús, se funda más sobre los milagros que sobre el mismo Dios, se apoya más en nuestras seguridades que en la comunión con Cristo realizada en los sacramentos.

La purificación del Templo realizada por Jesús nos recuerda hoy la necesidad de purificar nuestra fe, de volver a fundar nuestra vida sobre este Dios que ha manifestado su potencia y su amor infinito en la cruz, fuente de nuestra salvación. Solo pasando por la cruz llegaremos a la gloria y la alegría de la resurrección.

(Frases extractadas de https://opusdei.org/es-py/gospel/2024-03-03/).

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