Borrego significa cordero pequeño; la expresión significa el origen de algo. Ese algo es la frase repetida por los políticos desde Nueva York hasta Asunción, pasando por Londres y Madrid: hay que olvidar las ideologías políticas. El origen, en este caso, es el ensayo del norteamericano Francis Fukuyama, El fin de la historia, publicado en 1989, y luego ampliado en el libro El fin de la historia y el último hombre.
Según Fukuyama, el derrumbe de la Unión Soviética demostró que solo existe un sistema viable, el liberal-capitalista de los Estados Unidos, Europa occidental, Japón; la lucha ideológica ha terminado. Ese es el fin de la historia y de la ideología.
La tarea de los gobiernos debe ser encargarse de que funcionen los mercados, para asegurar la libertad económica, política y cultural; para eso, deben contar con la asistencia de técnicos; de economistas capaces de manejar la economía con cálculos matemáticos.
Lo anterior tuvo una gran aceptación hasta que se dieron los atentados del 11 de setiembre, las guerras de Irak y Afganistán, la crisis financiera de 2008, los movimientos de los indignados. Para los críticos de Fukuyama, quedó en evidencia que las ideas del pensador fallaron. Pero Fukuyama admitió que, entre un modelo político y su realización existen discrepancias y pueden darse retrocesos en el escenario internacional, porque saber lo que se debe hacer no siempre es hacerlo. De todos modos, el sistema racional es uno solo, válido para todo el mundo.
A pesar de las críticas, el sistema preconizado por Fukuyama persiste. Eso no significa que no se apoye en una ideología, la ideología neoliberal. Que el neoliberalismo sea el heredero de los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa es cuestionable por varias razones; entre ellas, porque se apoya en un determinismo económico, que reduce la economía a una serie de cálculos matemáticos. Con ese tipo de cálculos se vino la crisis de 2008. Tampoco el neoliberalismo cree en la igualdad (haciendo de lado la atribuida al libre mercado): delega las decisiones políticas básicas a un grupo de expertos (economistas, politólogos, etc.). El primero en decir que la política debía ser el feudo de los entendidos fue el filósofo Platón; no le fue muy bien asesorando al tirano de Siracusa. El filósofo Heidegger era bueno en su profesión; no se han visto resultados positivos en su apoyo a Hitler.
Fukuyama, que se considera un discípulo de Hegel, debió tomar en cuenta un principio del maestro: toda cuestión de cantidad implica una cuestión de calidad; vale decir, no se comprende la realidad solo con números puros. Actualizando el principio de Hegel, siempre existirán cuestiones no matemáticas, incluyendo las ideologías, que implican juicios de valor.