Correo Semanal

La Guerra del Chaco, una guerra olvidada

Este 12 de junio se recordó otro aniversario de la paz del Chaco, momento propicio para compartir algunas ideas críticas acerca de lo que fue la contienda.

Fabián Chamorro Torres
Gestor cultural

El 15 de junio de 1932, a raíz de la toma del Fortín Pitiantuta (Carlos Antonio López) por fuerzas bolivianas, se inició la contienda chaqueña. Las noticias llegaron a Asunción y la sociedad civil se organizó para acompañar los esfuerzos de la guerra.

En todo el país se fundaron instituciones como ligas patrióticas, juntas de auxilios, comisiones de damas, la Legión Civil Extranjera y decenas de comisiones con fines diversos que apadrinaron unidades militares, buques hospitales, hospitales de sangre, o que recaudaron fondos para auxiliar a los familiares de los soldados.

Para coordinar todas esas organizaciones, se instaló en Asunción una Junta de Aprovisionamiento, que proveyó a la Intendencia del Ejército miles de animales (vacunos especialmente), además de locro, galleta, yerba, azúcar, grasa, maíz, poroto, sal, fariña, harina, almidón, arroz, maní y afrecho; toneladas de productos fueron distribuidos. También entregaron medicamentos, vestuarios y material para la logística del ejército en campaña.

Con el correr de los meses, las noticias de los muertos en combate se multiplicaron. Entonces, mientras el gobierno provisionaba los recursos económicos para atender a los mutilados y deudos de caídos, la Junta se encargó de asistir a las familias con alimentos, dinero y enseres. La victoria en el Chaco fue una victoria colectiva.

¿QUIÉNES ERAN LOS CAÍDOS?

La mayoría de los autores concluyen que Paraguay perdió a más de 30.000 de sus jóvenes en aquel infierno verde. Todos los periódicos se hacían eco de las muertes y consignaban fotos y pequeñas biografías de los héroes. En las instalaciones de los matutinos se habilitaron pizarras con los nombres de las bajas del ejército paraguayo: muertos, heridos y desaparecidos. Daban también espacios donde podían leerse notas de madrinas de guerra y parientes consultando sobre algún combatiente.

Aquí se hallaba la primera gran diferencia: la mayoría de los relatos aparecidos en los diarios se referían a oficiales; es ínfima la cantidad de espacios recordando a algún sargento, cabo o soldado.

El Gobierno paraguayo, en setiembre de 1927, creó la Escuela de Aspirantes a Oficiales de Reserva. Las dos primeras remesas estuvieron formadas casi íntegramente por estudiantes universitarios, especialmente de las facultades de Derecho y Medicina. Así, antes de la guerra, ya habían egresado 136 oficiales de reserva. Durante la contienda, pasaron 13 remesas, con cientos de oficiales, la última de ellas formada en el Chaco. Todos ellos fueron los preferidos en las noticias, y sus muertes conmocionaron a la sociedad paraguaya. Algunos incluso tuvieron el raro honor de ser enterrados en sus ciudades natales.

Así tenemos el caso de Esteban Martínez, quien murió en la retoma de Pitiantuta. El 24 de julio de 1932, el pueblo de Itauguá, de donde era oriundo, quiso ser el primero en honrar la memoria del heroico teniente, y denominó a una de sus calles Esteban Martínez. Sus restos fueron traídos desde el Chaco y enterrados en Itauguá, localidad que se convirtió en la primera en construir un monumento en honor a sus compueblanos caídos en la guerra.

Otros que corrieron igual suerte —ambos además cronistas de guerra y estudiantes de Derecho— fueron los tenientes Herman Velilla y Roberto Da Ponte, el primero muerto en una emboscada en la zona de Campo Jordán en noviembre de 1932, y el otro, caído en Ballivián en agosto de 1934. Sus funerales en Asunción fueron multitudinarios y sus recuerdos trascendieron a través de calles en la capital.

Recordarlos a todos en este espacio es imposible, pero los números siempre son reveladores. Del periodo de la contienda se encuentran diez diarios en el archivo de la Biblioteca Nacional, algunos completos y otros solo con algunos meses entre los años 1932 y 1935; en ellos se leen más de 300 biografías y obituarios de combatientes muertos en cumplimiento del deber, a quienes se suman los que fallecieron a causa de alguna dolencia adquirida en el frente. Solo el 1% del total de muertos en la guerra.

Más allá de las entendibles limitaciones de los periódicos para recordar a los muertos, la promesa del Gobierno paraguayo y de sus líderes, independientemente de sus signos políticos, fue clara: no nos vamos a olvidar de quienes dieron la vida por la patria.

EL INJUSTO OLVIDO

Al final de la contienda, José Félix Estigarribia y otras autoridades nacionales encabezaron, en distintas ciudades del país, varios actos de recordación en homenaje a los caídos. Como vimos, los paraguayos y extranjeros residentes en el país se volcaron, en gran parte, para sostener los esfuerzos de la guerra, recordando a sus mártires a través de calles y monumentos, incluso algunos de esos héroes se convirtieron en músicas y poemas. Y aunque sobrevivieron miles de sus camaradas, el tiempo cubrió aquellos nombres con el velo del olvido.

Recorriendo las ciudades del país encontramos decenas de sus nombres en los carteles de cada esquina, una construcción de los imaginarios de nación incompleta, pues nada sabemos de esos héroes hoy. Visitando cementerios, donde alguna vez sus contemporáneos les llenaron de solemnidades y homenajes, sentimos la injusticia de la ingratitud, el reflejo de una sociedad sin memoria.

Al final de la guerra, el entonces general Estigarribia dirigió estas palabras a sus soldados: «habéis vencido en jornadas inolvidables a un enemigo tenaz y a una naturaleza hostil. La Nación no olvidará a quienes combatieron y sufrieron para salvarla de la mutilación y de la deshonra».

Lastimosamente, el futuro Mariscal estaba equivocado.

A pesar de la importancia que tuvo la contienda para nuestro país, hoy el Estado, desde su función conmemorativa y educativa, ha olvidado a quienes defendieron la soberanía paraguaya en el Chaco. La educación oficial es la responsable de construir el imaginario colectivo de las futuras generaciones de paraguayos, además de ayudar a la comprensión de nuestro pasado común.

Una rápida evaluación a quienes comenzaron su educación formal en la época de transición democrática nos permitirá constatar lo ignorada que se encuentra la memoria histórica de aquel acontecimiento cumbre. A quienes accedieron a un conocimiento básico sobre la contienda, los acompañan indefectiblemente la tergiversación y los mitos instalados por la política de los años posteriores a la victoria militar en el Chaco. Gobernantes paraguayos utilizaron el olvido para imponer su visión de la historia y el daño parece irreversible.

La democracia debió ser la garante y responsable del recuerdo que se transmite a las futuras generaciones; sin embargo, en sus errores encontramos la debacle de nuestro sistema educativo.

Tenemos que tratar de recuperar la historia de la Guerra del Chaco, que ha quedado olvidada, no solo como un ejercicio de memoria, sino también para volcar nuestros proyectos a desarrollar adecuadamente aquel enorme territorio que fue defendido por nuestros antepasados. Ellos lo merecen.





Dejá tu comentario