Foto: Fernando Franceschelli
La creciente demanda de los alimentos llamados orgánicos, así como la dificultad de algunos pequeños agricultores para sacar sus productos a los mercados, llevaron a organizaciones oficiales y de particulares a crear puntos de venta en los que oferentes y consumidores se ven beneficiados.
Una de estas iniciativas es el proyecto De la Granja a tu Mesa, de la Dirección de Género y Etnia Rural del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (Indert), que cada viernes reúne a productores de varios departamentos, quienes vienen a ofrecer al público de la capital y alrededores los frutos de su esfuerzo.
El último día hábil de cada semana, desde la Semana Santa pasada y frente al local de la institución, sobre Tacuary, se erigen los toldos donde es posible encontrar desde tomates perita hasta artesanías, pasando por lechones faenados y comida típica paraguaya, como el caldo de gallina para los que llegan temprano, que cerca del mediodía se transforma en vori vori de gallina.
“Buscamos la comercialización de la producción familiar campesina sustentada en un producto mayormente orgánico”, explica Gloria Torrás, coordinadora de las ferias De la Granja a tu Mesa y directora general de Género, que promueve la participación de los comités de mujeres productoras de las colonias del Indert.
La jornada
El movimiento en la zona empieza en los primeros minutos del día, cuando llegan los productores con los alimentos que van a ofrecer en el improvisado mercado de Tacuary. El arribo se suele extender hasta las 2.00, y casi todas las encargadas de los puestos son mujeres.
Los primeros clientes en llegar son agentes de policía y guardias de la zona, quienes debido a su horario de servicio están despiertos a la hora de llegada de los productos. Aprovechan una de las pocas ventajas que les brinda su labor y pueden elegir qué comprar mucho antes de que lo hagan los demás consumidores.
A eso de las 5.00 ya están instalados los toldos y los trabajadores más madrugadores se acercan a adquirir los alimentos. Más tarde se sumarán los funcionarios del Indert y otros empleados de la zona, algunos para comprar y otros para probar el caldo de gallina.
Entre la media mañana y el mediodía, el menú incluye cocido, vori vori, tallarín koygua, chipa guasu, chipa so’o, mbeju, soyo, so’o apu’a “y mucha mandioca, la reina de la feria”, afirma Torrás, quien agrega que los principales comensales son los funcionarios y personas de la tercera edad.
Esta es la edición número 19 de la feria, una experiencia que empezó en marzo, antes de la Semana Santa, y que fue creciendo conforme a la aceptación de la ciudadanía, “porque conseguimos que se convirtiera en un nicho de producción de granja”, señala Torrás.
Los alimentos ofrecidos se producen en pequeñas cantidades en huertas familiares. Los animales ofertados son, por ejemplo, uno o dos cerdos que se alimentan del pasto, del maíz, de la mandioca, de la batata, de los zapallos y de cualquiera de los sobrantes de la chacra.
La funcionaria recalca que la alimentación de los animales de la finca familiar campesina es diferente a la de los de producción masiva, que es a base de balanceados, que contienen aditamentos y que provienen de soja, maíces y girasoles transgénicos. “Entonces, desde la alimentación misma el producto ya deja de ser natural y orgánico. Y lo mismo ocurre con los productos de la huerta”, aclara Torrás.
Certificados
Cada viernes de por medio, los que acuden a comercializar su producción son los granjeros nucleados en la Asociación de Productores Orgánicos del Departamento Central. Sus renglones tienen la certificación de Alter Vida y, a través de ella, de organismos internacionales.
En cuanto a los alimentos originados en la agricultura familiar campesina, cultivados de manera intensiva, no contienen productos clorados o químicos. “Y tenemos esa garantía, aunque posiblemente uno nunca va a encontrar un producto totalmente libre de algún agroquímico, porque si no hay barrera o si los granjeros tienen un cultivo extensivo cercano, eso también puede afectar”, añade Torrás.
Pero esta tendencia, que lleva a consumir productos naturales y orgánicos, también impulsa a las familias a protegerse ellas mismas, a reclamar sus derechos cuando se presenta un productor extensivo más allá de sus fincas.
La institución prioriza el trabajo con las colonias que se encuentran lejos de las rutas asfaltadas, para que tengan una oportunidad de vender sus productos, chance que de otra manera no tendrían, eliminando la figura del intermediario, “que les paga muy poco”.
Este esquema permite que en las ferias De la Granja a tu Mesa se obtengan productos naturales y orgánicos a menor o al mismo precio que en otras ferias y mercados, con la diferencia de que en la de Tacuary los alimentos se venden en el día, no se congelan para la próxima vez.
La producción llega al punto de distribución transportada en los vehículos del Indert, cuyos empleados también colaboran impartiendo cursos de capacitación en feria, comercialización, atención al cliente, higiene y ética. Y también asesoran a los granjeros sobre cómo aprovechar sus beneficios.
El premio mayor es que los productores se llevan el 100% de sus ganancias, explica Torrás y agrega que la mujer es la mejor administradora en el campo y la que genera el 64% del ingreso económico de una finca campesina. Ellas saben que lo que ganan van a invertir en salud y educación de sus hijos, y que lo que obtienen de la feria es como un aguinaldo, porque tienen ingreso efectivo fuera de Semana Santa o fin de año.
“Detrás de esto hay mucho sacrificio. Por eso debemos valorar la producción campesina familiar y orgánica, y tener en cuenta que cuando compramos sus productos, les estamos retribuyendo su trabajo y no el de un gran productor”, afirma la funcionaria.
Particulares
Una experiencia parecida, pero llevada adelante por particulares, es la del Mercadito Campesino, que empezó como una iniciativa de personas del barrio Herrera que querían consumir alimentos orgánicos. El primer intento se hizo en julio del año pasado y, debido al éxito obtenido, hoy ya cuentan con otros cuatro puntos de distribución.
¿Cómo encararon el proyecto? Contactaron con comunidades de productores campesinos de Atyrá y de Altos, que cultivan sin recurrir a agrotóxicos, y conformaron un grupo de voluntarios que se encarga de transportar los alimentos desde el lugar de producción hasta su punto de expendio, la casa particular de algunos de los involucrados.
Los primeros anuncios se hacían mediante volantes pegados en las calles y a través de las redes sociales. Actualmente, la difusión de las listas de productos se sigue haciendo a través de Facebook, donde se reciben los pedidos que son trasladados a los labriegos.
En los mercaditos se procede a la distribución de lo solicitado. Vale aclarar que en el sitio no se venden los alimentos sino a quienes los pidieron y en la cantidad que lo hicieron. Por eso, los domicilios donde se distribuyen carecen de carteles indicadores.
“Es una forma mejor de comer sano para el urbano y de paso potenciar a las familias campesinas, que se ven en una situación muy difícil como para tener dinero para el pago de la escuela de sus hijos, los cuadernos, los medicamentos. Vimos que si no hay intermediario entre el productor y el consumidor responsable, los campesinos pueden obtener mayor ganancia”, dice Guzmán Insaurralde, uno de los voluntarios de Mercadito Campesino.
Baratos y saludables. Así se pueden definir los productos de estos emprendimientos, puestos en marcha por grupos de ciudadanos e instituciones oficiales para los consumidores, lo que de paso ayuda a la economía familiar campesina. Es como tener una granja a la vuelta de casa.
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Colonias unidas
El Indert tiene 1.100 colonias a lo largo del territorio paraguayo. En cada feria exponen sus productos entre 10 y 20, provenientes de dos departamentos seleccionados por vez.
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Mercado hogareño
Los voluntarios del Mercadito Campesino suman 15 personas. Los puntos de expendio son cinco y se encuentran en Lambaré y en Asunción, en los barrios Herrera, Obrero, Trinidad y Jara.