Opinión

La grandeza de los frágiles

Carolina Cuenca

Leyendo la reciente declaración de tres importantes instituciones sanitarias de Madrid, España, con miles de médicos asociados, en repudio a la ley de eutanasia que aprobaron en plena pandemia en ese país, no pude dejar de recordar al padre Aldo Trento, de la Fundación San Rafael de aquí, del barrio Tembetary de Asunción, quien entre otras obras ayudó a levantar una clínica de cuidados paliativos para enfermos terminales, reconocido por su primer nivel de atención y cuyos pacientes son en su absoluta mayoría personas sin recursos económicos.

Los médicos madrileños pidieron que se retirara la ley y que en su lugar se tramitara una ley de cuidados paliativos. En esas están por allá. Como dijo un jubilado español que se quedó a vivir en Paraguay desde hace un tiempo: “Imaginate, para un adulto mayor ser atendido con esa ética utilitarista que descarta personas por la edad, ya metida en los protocolos de salud”. O sea, te enfermás siendo mayor y quedás último en la fila, te aíslan y te desechan sin cargo de conciencia en parte de la vieja Europa.

En Paraguay, sin embargo, y todo que nos tenemos por subdesarrollados, y a los países europeos los seguimos teniendo en una especie de altar moral, en el cual algunos sacrificarían incluso su sentido común, tenemos hace tiempo esta visión de no admitir la eutanasia y promover la cultura del cuidado paliativo, sin ensañamiento terapéutico, pero digno, hasta el final. Nos honran con sus investigaciones, enseñanzas y sapiencia médicos bioeticistas de la altura del doctor Enrique Demestral y la difunta Dra. Julia Rivarola, entre otros, a quienes con gusto pondría al cuidado de mis padres ya adultos, si hubiera necesidad, porque sé lo que piensan y hacen en favor de sus pacientes, para cuidar de sus vidas, sin criterios mercantilistas ni utilitaristas.

Algunos hablan de “muerte digna” justificando la eutanasia, casi siempre son los que apoyan también el aborto y otras prácticas salvajes, pero la dignidad pasa por reconocer el valor trascendente de cada persona, la cual literalmente no tiene precio, porque cada persona es única e irrepetible, su vida vale en cualquier circunstancia.

Nuestra generación está ante la gran responsabilidad de tomarse fuertemente de las raíces culturales que tienen presentes estos principios básicos para resistir el embate de la decadencia cultural y humana que se vive en otras sociedades.

Hasta que pase esta calamidad llamada cultura de la muerte, que es una mentalidad que se propaga entre los caciques de la tribu, no así en el pueblo sencillo, resistamos y sigamos promoviendo nosotros un sistema legal, educativo y sanitario, así como un marco cultural referencial en donde el respeto a la vida sea una luz potente que nos guíe.

Es diferente cuando a esa frase de “muerte digna” le agregamos expresiones como “antesala del cielo”, que es la forma compasiva y humana en que se plantea el desenlace de las personas más vulnerables, en los cuidados paliativos, como lo demuestran cientos de testimonios de la clínica de San Rafael.

El padre Trento, que siempre comentó que llegó a Paraguay desde Italia con una profunda depresión, apoyado por amigos y sin ánimo de fundar ninguna organización, ha logrado darle mucho que pensar e incluso muchas veces resulta incómodo para la gente que se las pasa haciendo protocolos y conferencias, asumiendo muchas veces un rol cínico ante la realidad de las personas sufrientes de carne y hueso.

Una cosa aprendí de este sacerdote: “No existen los hombres escombro”.

Toda esa parafernalia discursiva de la cultura del descarte está muy cool hasta que te toca envejecer o enfermar. Y es cuando necesitás más que nunca esa grandeza que tienen los vulnerables, los frágiles, los pequeños; ese poder de los sin poder, como diría Havel. Se puede sentir y experimentar en la compañía, sin condiciones, sin pretensiones de los que sencillamente valoran nuestra vida. A todos ellos, ¡gracias!

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