Nada hay tan gratificante como hablar de filosofía con un público ávido de ella. En un curso de introducción que acabo de empezar, discutíamos sobre el concepto de filosofía y lo difícil que es definirla. Sin embargo, a partir de dos autores hallamos que la crítica es un aspecto insoslayable de todo comportamiento filosófico.
En la clase que comento, aprendimos por qué Sócrates decía que era como un tábano. Es que la filosofía debe ser así, molestosa, controversial, no compelida a aceptar nada dado. Es extremadamente revolucionario darse cuenta de que muchas de las cosas que asumimos en la vida no son “normales” como creíamos, sino que la cotidianidad nos lleva a aceptarlas sin miramientos. Debemos volver a ser niños para mirar con ojos asombrados a este mundo, aconseja Manuel García Morente.
En ese sentido la filosofía es contracultural, pues la cultura justamente es el entramado simbólico que construimos para sobrellevar mejor este mundo. Lo que hace la filosofía es entender el aspecto convencional de nuestro comportamiento social, de nuestras instituciones y nuestros valores, es decir, nos enseña que lo cultural no es una herencia genética inmodificable sino una serie de pautas heredadas socialmente, y por lo tanto discutibles y discutidas.
Hablar de la utilidad de la filosofía es un contrasentido desde las argumentaciones de Aristóteles. Sin embargo, ¿alguien puede negar que se ayuda a construir ciudadanía cuando se permite discutir sobre filosofía con los no especializados? Si entendemos a la filosofía como la capacidad humana de no aceptar sin discusión cuestiones esenciales y ejercitamos dicha facultad entre todos, ¿no estamos acaso ayudando a formar personas pensantes, es decir, construyendo ciudadanía?
Agradezco sobremanera ser investigador categorizado del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt); dentro de su Programa Nacional de Incentivo a Investigadores fuimos seleccionados algunos que investigamos en el campo de la filosofía. Esto es un gran paso, pues nos ubica como iguales con cientos de investigadores en todas las disciplinas imaginables que trabajan en el Paraguay. En este ámbito, lo que hacemos tiene sus tecnicismos, su rigor metodológico y se comparte con una comunidad de colegas de la región y el mundo. Pero esto no es óbice para que bajemos al público la filosofía. Es contraproducente que ella se quede en su torre de marfil. Todo lo contrario, nos debemos a la gente que con sus impuestos ayudan a que los investigadores podamos trabajar. Divulgar la filosofía es éticamente una obligación.