14 ene. 2026

La farsa de combatir al contrabando

Al otro lado del silencio

Por Andrés Colmán Gutiérrez - En Twitter: @andrescolman

Cada tanto, lo hacen.

Cuando las denuncias periodísticas se vuelven demasiado insistentes, revelando la vulnerabilidad de las fronteras. Cuando los productores y los industriales se quejan de que ya no pueden vender los productos nacionales, debido a la “competencia desleal” de artículos similares introducidos masiva e ilegalmente desde los países vecinos, que inundan el mercado local a precios mucho más bajos.

Entonces, como si despertaran de una larga siesta subtropical, las autoridades de Aduanas salen de sus oficinas y se ponen a armar barreras con policías en algún lugar bien visible, casi siempre en el acceso a Puerto Falcón o en la cabecera del Puente de la Amistad, donde proceden a inspeccionar vehículos y a decomisar bolsones y cajas con productos argentinos o brasileños, a la vista de las cámaras de televisión y los flashes de los fotógrafos, con el previsible y mediático coro de fondo de paseras y sacoleiros indignados y movilizados en protesta.

Cada tanto, lo hacen.

Algún presidente de la República anuncia “tolerancia cero” al contrabando y ordena a los efectivos de la Marina -los mismos que en la generalidad de los casos permiten el tráfico ilícito- que se pongan a controlar los ríos. Como si el llamado “contrabando hormiga” fuera el único que existe en el país y las autoridades no estuvieran para nada enteradas sobre los cientos de puertos clandestinos que siguen operando impunemente a lo largo de las costas de los ríos Paraná y Paraguay, ni sobre los contenedores con mercaderías subfacturadas o “invisibles” que ingresan por los puertos y aeropuertos internacionales, ni sobre los camiones que entran y salen por las fronteras secas, ni sobre las avionetas que aterrizan en las pistas privadas de estancias y establecimientos rurales, todos con la evidente complicidad de quienes deberían evitarlo.

Cada tanto, lo hacen.

Arman un gran show mediático persiguiendo a los más pobres, a cientos de ciudadanos y ciudadanas humildes que cruzan la frontera, estimulados por la coyuntural diferencia cambiaria, para traer azúcar, aceite, pan, tomate o gas, que actualmente salen a mitad de precio en la Argentina, y a la vuelta se encuentran con que lo poco que han podido ahorrar con la operación fronteriza les resulta arrebatado a la fuerza, como acción ejemplificadora de la “guerra al contrabando”.

Cada tanto, lo hacen.

¿Será que alguien todavía les cree?

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