Opinión

La famosa memoria desmemoriada

Carolina Cuenca

Parece que por fin está pasando de moda en Europa reacondicionar el relato histórico para plantar banderines con sesgos ideológicos allí donde los hechos contradicen el discurso y la propaganda. Parece ser que por fin será escuchada la voz de millones de víctimas de las tragedias que asolaron el mundo y que muchas veces son diluidas en reconsideraciones históricas políticamente correctas. Así la reciente Resolución del Parlamento Europeo, del 19 de setiembre pasado, sobre la importancia de la memoria histórica para el futuro de Europa es un golpe para personajes desfachatados que entran a las universidades y a la política y que toman las cosas serias a la ligera o con un cinismo manipulador ruin. Solo recordar al presidente Macron en un triste discurso culpando al nacionalismo francés (y por poco despotricado contra el patriotismo de sus conciudadanos ya fallecidos) y de otros patriotas europeos nada menos que de la segunda guerra mundial; penoso e injusto para quienes dieron su vida para defender su país de los terribles ataques del totalitarismo que deseaba repartirse Europa y el mundo a costa de la vida de millones de personas. ¿De qué nos sirve recordar a las víctimas del estalinismo comunista y del nacismo hitleriano? ¿De qué nos sirve reivindicar a los patriotas en tiempos de un globalismo extremo que amenaza con borrar las soberanías de los pueblos de la faz de su aldea mundial? Justamente, Europa está necesitada de recobrar un mínimo sentido de identidad ante un globalismo que amenaza con quebrar el equilibrio entre las naciones e imponerse desde un nuevo totalitarismo ideológico mucho más sutil y “líquido”, pero amenazante al fin. Como bien lo dice el texto de la Resolución lo hacen pensando en el futuro. Porque sin identidad y sin verdad no se puede construir un futuro positivo e incluyente, libre y democrático.

Todo el que estudia sabe que ni Hitler ni Stalin eran nacionalistas, sino déspotas que jamás respetaron el sentir de sus pueblos, ni movieron un dedo en favor de la cohesión social basada en principios, ni se inmutaron ante el sufrimiento de grandes masas de sus propios conciudadanos a quienes les robaron identidad, libertad y dignidad.

Esta resolución es un paso al frente que deja de lado uno de los errores más graves del multiculturalismo que estuvo tan de moda y que hoy no se sostiene por falta de realismo. Lastimosamente, tuvieron que esperar décadas y generaciones enteras sometidas al adormecimiento intelectual en nombre de una falsa tolerancia que sacrificó la verdad y la justicia en nombre de una paz más parecida al tedio y al sopor que a la armonía y el equilibrio, creando así el efecto contrario en muchos jóvenes sedientos de identidad y pertenencia, víctimas de los engaños de extremistas que les prometen hoy devolverles un sentido en ideologías de odio como los neocomunistas, los neonazis, las feminazis y los islamistas radicales; muchos de ellos van engañados en busca de lo que su educación light y progre les negó, un sentido de identidad y de pertenencia que debería haberse basado en los valores comunes, en el conocimiento de su historia y en su arraigo cultural.

Es necesario tomar nota y tener coraje para reconocer lo que la historia nos enseña, no desde interpretaciones ideológicas, sino desde sus luces y sombras reales. Es necesario condenar una vez más los crímenes de los regímenes totalitarios nacistas y comunistas, poner en evidencia sus métodos, sus símbolos, su sicología de control de masas, su “máquina de matar” (como promovía el Che Guevara, por ejemplo) porque el establishment de universidades y varios centros de poder los han reivindicado, solo ver el marxismo cultural tan campante. Pero, atención, hay una juventud inquieta que florece a pesar de algunos malos maestros, de textos empobrecidos y de clichés ideologizados que clama por honrar la verdad y la libertad, la soberanía cultural y la democracia basada en valores nacionales fuertes. Para ellos hay esperanza.

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