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La dignidad del cuerpo humano

 

Hoy meditamos el Evangelio según san Lucas 20, 27-38. Enseña santo Tomás que nuestra filiación divina, iniciada ya por la acción de la gracia en el alma, será consumada por la glorificación del cuerpo, de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte.

Y cita a continuación las palabras de san Pablo a los filipenses: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas.

El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre. Hemos de tenerlo sujeto mediante la mortificación porque, a consecuencia del desorden producido por el pecado original, tiende a hacernos traición.

Es de nuevo san Pablo el que nos exhorta: Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo. Y comenta el papa Juan Pablo II: “La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto, aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano”.

El Papa, a propósito de la lectura de hoy, dijo: “En el Evangelio, hemos oído cómo Jesús, con una respuesta sencilla pero completa, derriba la banal casuística que los saduceos le habían propuesto.

“No es Dios de los muertos, sino de los vivos, porque para Él todos viven”. Esta respuesta de Jesús revela el verdadero rostro de Dios, que solo desea la vida para todos sus hijos. La esperanza de nacer a una nueva vida, entonces, es lo que debemos hacer nuestra, si queremos ser fieles a la enseñanza de Jesús.

La esperanza es un regalo de Dios. Debemos pedirlo. Se coloca en lo profundo de cada corazón humano para iluminar esta vida, a menudo turbada y nublada por tantas situaciones que traen tristeza y dolor. Necesitamos alimentar las raíces de nuestra esperanza para que den fruto; en primer lugar, la certeza de la cercanía y la compasión de Dios, a pesar de cualquier mal que hayamos hecho.

No hay rincón de nuestro corazón que no pueda ser tocado por el amor de Dios. Cada vez que alguien comete un error, la misericordia del Padre está más presente, despertando el arrepentimiento, el perdón, la reconciliación y la paz.

La misericordia, como expresión del amor de Dios, es algo en lo que debemos pensar más profundamente. Ciertamente, infringir la ley implica pagar el precio, y perder la libertad es la peor parte del tiempo de servicio, porque nos afecta profundamente. De todos modos, la esperanza no debe flaquear.

Pagar por el mal que hemos hecho es una cosa, pero otra cosa es el “aliento” de esperanza, que no puede ser sofocado por nadie ni por nada. Nuestro corazón siempre anhela la bondad. Estamos en deuda con la misericordia que Dios nos muestra constantemente, porque él nunca nos abandona (cf. Agustín, Sermo 254,1).

En su Carta a los Romanos, el Apóstol Pablo habla de Dios como “el Dios de la esperanza”. Es como si Pablo quisiera decirnos a nosotros: “Dios espera”. Si bien esto puede parecer paradójico, es cierto: Dios espera. Su misericordia no le da descanso. Él es como aquel Padre en la parábola, que sigue esperando el regreso de su hijo que ha caído en el camino. Dios no descansa hasta que encuentra la oveja perdida.

Así que si Dios espera, entonces nadie debe perder la esperanza. Porque la esperanza es la fuerza para seguir adelante. Es el poder de seguir adelante hacia el futuro y una vida cambiada.

(Frases extractadas de http://www.homiletica.org y https://www.pildorasdefe.net)

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