La condición humana va mucho más allá de nuestra inteligencia. Se construye a partir de la experiencia, el dolor, la desilusión y el amor.
El pasado mes de mayo, el papa León XIV publicó la encíclica Magnifica humanitas en la que comparte su visión “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Tuve la oportunidad de leerla y meditarla, y en esta entrega me gustaría compartir algunas reflexiones al respecto.
Lejos de hacer un resumen de la carta encíclica –algo que hoy puede obtenerse en menos de un minuto–, lo que busco es iniciar una conversación sobre este tema, destacando algunos de los valores fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia. Entre ellos, el bien común, que “no es la mera suma de intereses individuales”, y el principio de subsidiariedad, especialmente relevante en el contexto de la cuarta revolución industrial, ya que debemos ser cuidadosos respecto de quién tiene acceso y control sobre nuestra información.
Es necesario que la inteligencia artificial contribuya al desarrollo de personas integrales, capaces de construir un proyecto colectivo pieza por pieza, y no de individuos egoístas que persigan proyectos personales a costa de los demás. No necesitamos seguir construyendo una nueva torre de Babel, orientada únicamente al lucro y al éxito, descuidando la comunidad y la sostenibilidad de esos logros en el tiempo. Como recuerda la encíclica: “Más poderosos no significa necesariamente mejores”.
No me preocupa cómo utilizarán mis hijos la inteligencia artificial en el futuro. Me preocupa el ejemplo que les estamos dando hoy al utilizarla en nuestra vida cotidiana.
Me preocupa que deleguemos en la inteligencia artificial la toma de decisiones sin intervención humana, sin detenernos antes a pensar y evaluar cuidadosamente. Todas las herramientas de análisis sofisticado pueden ser útiles para ofrecernos una interpretación inicial, pero la decisión final debe seguir estando en manos de las personas.
También me preocupa que confundamos el acceso a la información, con la formación de criterio y opinión.
La encíclica aborda temas relacionados con la educación y el trabajo. Este último ocupa un lugar central porque el impacto de la inteligencia artificial en el futuro del trabajo no es solamente una cuestión de productividad o eficiencia, sino es una cuestión de dignidad, identidad y pertenencia.
Creo que la inteligencia artificial presenta más oportunidades que riesgos. Sin embargo, también creo que su utilización no puede reemplazar nuestra conciencia, nuestra libertad ni nuestra responsabilidad moral.
Dejemos de preguntarnos únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial. Preguntémonos, más bien, hasta dónde estamos dispuestos a permitir que lo haga. El verdadero desafío no tiene que ver con la inteligencia artificial, sino con cuánto desarrollamos y ampliamos nuestra propia inteligencia humana.