Assange, de 52 años, estaba vestido de traje negro y corbata ocre al ingresar en el Tribunal de Saipán, en las Islas Marianas del Norte, un territorio estadounidense en el Pacífico. Fue demandado por haber revelado cientos de miles de documentos confidenciales.
Su madre, Christine Assange, dijo estar agradecida de que “el calvario” de su hijo llegue a su fin.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos se congratuló por su liberación y “los avances significativos hacia una solución definitiva de este caso”, que “planteó una serie de preocupaciones en materia de derechos humanos”, según la portavoz Elizabeth Throssell.
Este acuerdo, que pone fin a una saga de casi 14 años, que incluye siete años de encierro en la Embajada de Ecuador de Londres, se da dos semanas antes de una nueva audiencia.
DOLOR DE CABEZA DE EEUU. Desde 2019, cuando quedó detenido en una prisión de alta seguridad en Londres, Assange lucha para no ser entregado a la Justicia estadounidense, que lo persigue por publicar más de 700.000 documentos confidenciales sobre actividades militares y diplomáticas, particularmente en Irak y Afganistán.
Toda esta pesadilla comenzó para Assange cuando creó en 2006 un medio de comunicación sin ánimo de lucro llamado WikiLeaks, que publicó, según el propio sitio, más de 10 millones de documentos clasificados, proporcionados por fuentes anónimas. EEUU se encontró de pronto con un medio que desvelaba documentos secretos filtrados desde el Pentágono sobre sus operaciones en Irak y Afganistán, además de correspondencia confidencial del gobierno y de sus embajadas en todo el mundo.
Los mensajes revelaban, entre otras cosas, la muerte de 66.000 civiles en Irak, menos que la cifra oficial anunciada por EEUU.
Asimismo, exponía que en Afganistán las fuerzas estadounidenses habían matado a civiles en operaciones que no fueron denunciadas.
Otros documentos filtrados por WikiLeaks mostraban el interés de Estados Unidos en recopilar información biográfica y biométrica de altos funcionarios de las Naciones Unidas.