Quiero usar esta última columna del año no para hablar de economía, política o temas sociales. Tampoco para dar un sermón religioso. Tendremos todo el próximo año para eso, ojalá. Hoy quiero hablar de una persona, de cómo la conocí yo y del cambio más real que me tocó vivir en la vida.
Estas fechas siempre invitan a reflexionar, a agradecer, a hacer balances. Pero cuando uno encuentra el sentido de la vida, pasa mucho más tiempo pensando en eso que en cualquier otra cosa, en cualquier época del año, y no solo en Navidad. La vida, por sí misma, es tan efímera: Pasa rápido, a veces desapercibida, puede sentirse vacía, pesada, cargosa. Yo siempre fui de planearla, de ponerme metas, objetivos y cronogramas. Hasta que llegó algo que cambió por completo mis prioridades, mis anhelos y mis sueños.
Jesús. El nombre de ese Salvador que escuché desde la catequesis de niña. Pero esta vez fue distinto. Ya de grande, fuera de estructuras religiosas, lo encontré en mi propia casa, a través del testimonio de mi hermano. No sé explicar cómo. No hay palabras para algo tan inmenso. Es como una plenitud que desborda la lógica, un estallido de emociones que pone todo lo demás en segundo plano.
Fue en una etapa de mi vida en la que yo creía que no necesitaba nada, que podía con todo. No estaba atravesando una crisis ni un momento límite. Fue, simplemente, cuando sin mucha parafernalia experimenté su amor y su perdón. A través de una oración sencilla decidí entregarle mi vida: Lo que creo, lo que soy, mi familia, mi trabajo, todo. Empecé a leer la Palabra de Dios e ir a la iglesia. No parecía mucho, pero mi vida nunca volvió a ser igual. Algo pasó.
De pronto, el sentido de la vida parece no importar… y a la vez se vuelve lo principal, porque creo que fue en esta vida donde Dios decidió que nos encontremos para seguir en la eternidad. Uff, esa palabra siempre nos interpela: ¿Adónde vamos? ¿Por qué vivimos? ¿Para qué fuimos creados? Creo, con todo mi corazón, que no somos simples humanos destinados a terminar un día. Toda la creación clama que hay algo más, alguien que nos pensó y nos dio vida.
Entendí la necesidad de la salvación, porque ¿quién podría ir al cielo si no fuera por Jesús? Pero esa redención no es solo para después de morir. Es la esperanza diaria de poder salvarnos de nosotros mismos. Creo que Jesús es el único lugar donde puedo dejar mi maldad y mezquindad, el único ejemplo de paciencia y mansedumbre para empezar de nuevo en medio de mis errores. Eso de perdonar “setenta veces siete” es más para adentro que para afuera. Porque hablar de Jesús también es mirarse y reconocer cuánto nos falta.
Mi vida no es perfecta. No soy santa. No vivo sin errores ni pecados. Solo vivo creyendo que soy amada, perdonada e hija de un Creador. Desde que acepté que Jesús es el único que puede salvarme, la vida no se volvió más fácil. Pero sí me esfuerzo cada día por ser más amable, más correcta, para que quizá otros puedan ver y experimentar lo que yo descubrí que no hay mucho qué hacer, solo decidir creer y pedir que Él llene tu vida. Solo estás a un oración de que también te pueda suceder.