Opinión

Humanos

Luis Bareiro Por Luis Bareiro
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No recuerdo haber leído nunca un titular que dijera, por ejemplo, que mataron a un joven vegetariano; o que golpearon salvajemente a un tenista diestro; o que padres de estudiantes pidieron la destitución de un maestro que ronca en las noches. Obviamente, a nadie se le ocurriría que esas particularidades tuvieran que ver con lo que les pasó. Nos resultaría inexplicable que una persona generara malquerencias porque escribe con la mano izquierda, tiene una digestión lenta o le guste ver ajedrez. Y, sin embargo, no nos sorprende que cualquier cosa vinculada con la sexualidad de la gente despierte sentimientos de antipatía, aversión e incluso de odio.

El sexo es apenas una parte de nuestras vidas; y, por lo general, es una parte que solo compartimos con algunas otras personas, o con una sola, o con ninguna. Objetivamente, a nadie que no tenga una relación física o sentimental conmigo debería importarle o preocuparle mis gustos o fantasías en ese plano.

Si acudimos al dentista nos afecta su destreza con el torno, no si es hincha del Olimpia, intolerante a la lactosa o tiene una relación extramatrimonial. Esas partes de su vida no son de nuestra incumbencia porque no tienen que ver con nosotros. No nos involucran. No tienen por qué recibir nuestra aprobación o nuestro reproche.

Si un día descubrimos, sin embargo, que el odontólogo cobra en hospitales públicos sin trabajar estaría absolutamente justificado que despertara nuestra indignación, y que lo aborreciéramos por estar robando dinero de nuestros impuestos. Sería una bronca lógica. Y nos sentiríamos con el derecho de reclamarle y de cortar todo vínculo con él, incluso como paciente.

Pero, notablemente, no es esto lo que a menudo vemos en nuestra sociedad. Lo que provoca con mayor facilidad la ira o la condena de alguna gente no es la acción ilícita de personas que perjudican a los demás, aprovechándose de su cargo o de sus vínculos políticos. No, lo que genera pasiones es la sexualidad.

La última muestra de esta aberración fue la golpiza de la que fue víctima una mujer trans, una joven que, días después de su traumática experiencia, apareció muerta en circunstancias que aún se están investigando. Las imágenes captadas por una cámara de seguridad son aterradoras. En ellas se puede ver a un grupo de jóvenes atacando a la mujer trans con una ferocidad animal. Incluso luego de que perdiera la conciencia seguían aporreando su cuerpo. Como corolario, luego de perpetrar semejante atrocidad, dos de los delincuentes chocan la mano como celebrando una hazaña.

¿Cómo es posible que estas personas llegaran a acumular tanto odio como para perder cualquier resto de humanidad solo porque se encontraron con alguien cuya definición sexual era distinta de la suya?

Su condición de mujer trans era solo un componente más de su personalidad. Ella era amiga de alguien, hija de alguien, hincha de algún club, profesaba alguna religión, quizás le gustaba hacer algún deporte. Vaya a saber cuántas particularidades hacían a su vida. Pero fue destruida física y sicológicamente como si fuera nada solo por esa condición, una que no tenía la menor relación con el grupo de salvajes que la atacaron.

Algo estamos haciendo terriblemente mal como sociedad para generar estas broncas asesinas. Lo que vimos en ese video atroz es lo que se lee en redes sociales, pero llevado al extremo de la acción. Antes de convertirse en violencia física, ese odio irracional se alimentó de palabras.

El odio se combate con el conocimiento. Casi siempre odiamos lo que tememos y tememos lo que desconocemos. Vemos un rasgo sobre el que tenemos hecho un juicio de valor moral, religioso o ideológico y sobre esa base etiquetamos a la persona. Somos mucho más complejos que ese reduccionismo prejuicioso. Necesitamos aprender a vivir en la diversidad y reencontrarnos en aquello que nos une, que nos hace humanos.

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