Opinión

Holocausto caníbal

Luis Bareiro — @LuisBareiro

The Walking Dead es una historieta creada en el 2003 por el guionista estadounidense Robert Kirkman. Narra las desventuras de un grupo de personas que intentan sobrevivir en un mundo asolado por muertos vivientes, un holocausto de zombis caníbales. La serie se convirtió en obra de culto, luego de que la transformaran en un espectáculo televisivo que va por su décima temporada.
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Quienes no conocen el material original pensarán que el éxito radica en la fascinación de los seres humanos por el terror más visceral. No es así. Lo que Kirkman describe con la rigurosidad de un sociólogo o de un sicólogo social es la forma como las personas y las instituciones que construimos se desmoronan ante situaciones límites. Salvando las distancias, es posible vislumbrar en esas páginas mucho de lo que vemos hoy en Paraguay y en el mundo con respecto a la primera pandemia del siglo xxi.

A nivel planetario, vemos cómo los discursos sobre una comunidad global más equitativa, regida por organizaciones multilaterales que otorguen igual importancia a todas las naciones, se convierten en falacia cuando la única consigna es “sálvese quien pueda”. A los siete países más ricos del mundo les importa poco si los habitantes del resto del planeta consiguen acceder a las vacunas. Ellos acapararon casi la mitad de todas las vacunas que se han producido a la fecha.

La distribución se realiza según qué países las producen, cuáles aportaron fondos para su desarrollo, quiénes tienen mejores relaciones diplomáticas o ideológicas con esos países o cuáles detentan un mercado más apetitoso. Quienes estamos fuera de ese rango, pasamos a ser los parias mendicantes del planeta, dependientes exclusivamente del talento político que tengan nuestros gobernantes de turno o de la eficiencia de nuestras instituciones… O sea, vamos muertos.

Y es que la pandemia no solo derrumbó el discurso políticamente correcto, pero claramente falaz de los países ricos, también desnudó como nunca la inutilidad política de nuestros dirigentes y la debilidad de nuestras instituciones.

Conocedores de nuestra insignificancia geopolítica, la Administración de Mario Abdo Benítez jugó todas sus cartas al mecanismo Covax, una plataforma creada por la Organización Mundial de la Salud, la Comisión Europea y Francia para administrar la elaboración y distribución más equitativa de las vacunas contra el Covid-19.

La intención es buena, por supuesto, pero apenas empezaron a estar disponibles las primeras vacunas quedó claro que a los países les tiene sin cuidado la equidad en la distribución de la cura si pueden garantizar una mayor cobertura para su propia población. Quienes tienen más dinero y poder acaparan la mayor cantidad de dosis. Ante esa realidad, los gobiernos debieron apelar a sus propios recursos, diplomáticos o económicos. Las naciones con mayor población se ofrecieron para los testeos iniciales; los que tenían afinidad política con los gobiernos de los países fabricantes echaron mano de ello, como Bolivia con Rusia o Uruguay con China.

En Paraguay, el Gobierno se sentó a esperar cándidamente que el mecanismo Covax funcione. Abdo no supo sacar ventaja de nuestra eterna servidumbre con los Estados Unidos, ni de su presunta amistad con el presidente brasileño Jair Bolsonaro, quien lo trata cariñosamente de Marito. Nuestra unión eterna e interesada con Taiwán nos dejó fuera de cualquier guiño de China y los vínculos carnales del ex presidente Cartes con Israel –en cicatriz queloide con Abdo– solo sirvió para promocionar unos inhaladores de dudosa utilidad práctica.

En situaciones extremas es cuando se testan los liderazgos y la fortaleza de las instituciones. La invasión truculenta del coronavirus desnudó como nunca la mediocridad de nuestros líderes políticos y la fragilidad miserable de nuestras instituciones. Celebremos que ocho de cada diez afectados tienen la seguridad de que saldrán con vida. Si esto era un verdadero holocausto caníbal, los paraguayos y las paraguayas no pasábamos del almuerzo.

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