Opinión

¿Está loco?

Probablemente, después de López no hayamos tenido nunca un presidente con tanta mala pata como Mario Abdo Benítez.

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

En lo que va de su gobierno todo lo que podía salir mal, salió mal. Sequías, inundaciones, incendios, epidemia de dengue, pandemia de Covid-19, guerra en Europa, disparada de los precios del petróleo, inflación y no sé cuántas cosas más.

A eso hay que sumarles todos sus desaciertos (por decir lo menos), los escándalos de corrupción, las miserias de las internas infinitas de su partido, el avance aterrador de los narcos, la inseguridad nuestra de cada día y un hartazgo ciudadano que nos coloca a todos permanentemente al borde de un ataque de nervios.

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Le queda poco más de un año para entregar oficialmente el timón de un bergantín que hace agua por todos lados. Una precaria embarcación que carga con una deuda pública que se disparó hasta alcanzar el treinta y tres por ciento de toda la riqueza que genera el país en el año; un Estado que gasta mucho más de lo que recauda; una inflación que por primera vez en décadas raya los dos dígitos, una economía golpeada brutalmente por la sequía y bajo amenaza de recesión y un mar bravío, azotado por los vientos huracanados del año preelectoral.

Como si no fuera suficiente, los pronósticos alertan sobre temporales catastróficos e inminentes. La Caja Fiscal (la de los jubilados públicos) incuba un agujero negro que crece a una velocidad vertiginosa, con una fuerza de gravedad capaz de tragarse todos los recursos que recaude el Estado, una aspiradora financiera que se comerá más de tres mil millones de dólares en menos de un lustro.

Es la tormenta perfecta, de esas que solo pilotos excepcionales con el coraje necesario, la pericia exacta y la convicción de un verdadero líder pueden capear con alguna posibilidad de éxito. Es de esos escenarios extremos, donde surgen los estadistas que marcan a fuego la historia, las tragedias colectivas de las que emergen los políticos que echan por tierra todos los prejuicios y prueban que es una actividad donde también se forjan héroes. Es la oportunidad de tener a un patriota.

… O sea que estamos fregados.

No hay héroes ni estadistas, apenas un debilitado grumete con menguada voz de mando y una tripulación proclive al motín (y al botín). Ni siquiera contamos con un pirata carismático a lo Jack Sparrow. Marito es lo que hay. Y no tenemos tiempo para juicios políticos ni para convocatorias rápidas en busca de un piloto de tormentas. Este es el último marinero a bordo. Las ratas ya abandonaron el barco y los aventajados de siempre tienen reservados los botes y vendieron los salvavidas. Los demás tenemos que completar con él el tortuoso tramo que nos resta, nos guste o no.

Y acá estamos, cada uno con su remo en las manos, paleando las oscuras y turbulentas aguas de la economía, con los dedos cruzados y el corazón en la boca, atados con cuerdas a lo que resta del barco, esperando que la naturaleza sea benigna, que el zar ruso deje de sobar su ego con la sangre de la guerra; que el crudo caiga de los altares de Wall Street y que las hordas sindicales del Estado dejen de pedir más plata. Es un viaje sencillamente escalofriante.

Por eso resulta un insulto, un agravio imperdonable, una patada cobarde a nuestro ánimo que yace semimuerto en el fondo de esta chalupa, que ese poco confiable timonel, que ese capitán con vocación de grumete insinúe siquiera que destinará así sea medio minuto del tiempo que no tiene a disputar la presidencia de su partido con el Barbarroja que le antecedió al frente del barco.

¿Está loco? ¿Perdió lo poco que le quedaba de sentido común? ¿A quién se le puede ocurrir en medio de este despelote darse un recreo para jugar a la pulseada?

Usted tome el timón para el que se lo eligió y no se mueva de ahí ni para ir al baño. O con gusto le prepararán la plancha para alimentar a los tiburones.

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