A la obra se referirá la escritora Renée Ferrer, quien es también presidenta de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. El libro cuenta con un comentario en la contratapa a cargo del escritor Osvaldo González Real.
“Es un poco la recepción sobre quiénes somos y dónde estamos. Hay una serie de poemas en los que se busca el sentido existencial de todas las personas en el mundo”, refirió la escritora. “Además, hay poemas sobre Garmendia y el río Paraguay, y también otra serie de temas intrascendentes”.
“Poemas” se venderá en la ocasión a G. 30.000. Lebron dijo que esta publicación se realiza a modo de despedida de todas las personas que la apoyaron durante tantos años de carrera.
La escritora nació en Córdoba, Argentina, y está radicada en nuestro país desde 1930. Comenzó su carrera literaria en 1982 escribiendo sus primeros cuentos y poemas. Más tarde participó en los encuentros sobre Narrativa y Poesía dirigidos por el profesor Carlos Villagra Marsal. Actualmente es miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay y también fue cofundadora de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA).
Entre sus libros publicados se encuentran “Memoria sin tiempo” (1992), “Puente a la luz” (1994), “Pancha” (2000), ganadora del premio Roque Gaona, “Ayer, tal vez mañana” (2004), “El eco del silencio” (2005) y “Cenizas de un rencor” (2010).
Lea el primer capítulo del libro de cuentos “Memoria sin tiempo”, a continuación:
Berta
Salió masticando la última tostada del desayuno. Los rulos de pelo castaño le bailoteaban sobre la frente y se metían en los grandes ojos color de miel. Se acercó a los gorriones hambrientos que reclamaban a gritos, desde la ventana, las migas mañaneras. Hoy mamá no bajará: está con dolor de cabeza.
Estiró la mano con el resto de la tostada en la palma; tenía los labios entreabiertos y las aletas de la nariz distendidas; quedó expectante, inmóvil. Los gorriones confianzudos se fueron arrimando hasta que el más osado se atrevió a picotear el pan: la mano se cerró con la velocidad del rayo. Una sangre pequeña comenzó a resbalar entre sus dedos, mientras clavaba lentamente las uñas en el tibio montoncito agonizante. Sus ojos lanzaban destellos dorados. Sólo aflojó la presión cuando la avecilla dejó de luchar.
-¿Qué estás haciendo, hijita?
Tuvo un leve sobresalto: -Estaba jugando con los gorriones, mamá. Voy a lavarme las manos.
Tiró los despojos en el cantero de flores y se alejó dando saltitos, con el rostro arrebolado por la emoción.
* * *
Seis campanadas en la vecina torre de la Catedral. Los corredores y la plazoleta de la Universidad hierven de impaciencia. Siempre lo mismo: el primer día de clases tiene un sabor especial, una felicidad cargada de angustia, de una responsabilidad apenas sospechada que tensa las fibras jóvenes con una suerte de revelación inquietante. En el umbral de la carrera elegida, al asir el timón para marcar el rumbo de un destino, por primera vez se preguntan qué será de sus vidas. Voces excitadas con algún falsete, tiñendo de escarlata el rostro imberbe; jeans ajustados y, quizá, un botón desprendido en la blusa para reafirmar la condición de mujer. Consultas. Requiebros. Bromas.
Las muletas golpean las baldosas del patio ya casi desierto. Filosofía y Letras: un mundo nuevo para ese cuerpo impedido, ágil y poderoso antes de la poliomielitis. La recia cabeza corona los hombros musculosos por el esfuerzo diario de arrastrar a esas piernas raquíticas, como si fueran dos figuras diferentes, rasgadas por la cintura y pegadas equivocadamente —15→ en un grotesco error de apreciación. Demasiado ocupados en tomar un lugar, sólo dos o tres estudiantes levantaron la cabeza al oír el derrumbe de la muleta y su choque contra el suelo, cuando el recién llegado inició el trabajoso proceso de sentarse.
* * *
Dos meses de facultad. Berta se sentía incómoda en clase. Su mano cuidada retiró los mechones castaños que caían sobre los ojos color de miel. Mejor buscar algo más alegre. Es tonto seguir encerrada aquí, habiendo tantas cosas entretenidas para una chica de mi edad.
Se dejó caer en el banco: sólo entonces sintió que se había sentado sobre las muletas.
-Perdone, no se levante, las pongo a mi lado.
-Gracias -se acomodó en el asiento-. Me estoy cansando de esta monotonía. ¿A usted le resultan interesantes las clases?
-Desde luego. Son excelentes. Me fascina descubrir las intimidades del ser humano a través de las enseñanzas de los profesores, la belleza de todo lo creado: por eso me encanta mirarla a usted.
La admiración del muchacho la envolvió: era una cosa tangible. Se estremeció como si la hubiese presionado con los dedos.
Excitante. Eso es lo que estoy buscando: algo diferente para romper el tedio. ¿Cómo será sentirse adorada por esta piltrafa humana? Tengo que descubrirlo. Es lúcido, incisivo. No será fácil dominarlo, pero estoy acostumbrada a conseguir lo que me propongo.
Sonó la campanilla de clase.
-¿Puedo quedarme a tu lado? Yo te ayudo con las muletas y vos me ayudás con las lecciones. En dos meses tenemos los exámenes semestrales y no he estudiado nada -el muchacho enrojeció de placer.
Pronto se hizo invitar a la casa de Diego: él mismo la llevó en su coche deportivo, acondicionado para ser conducido exclusivamente con las manos. La amplia mansión, rodeada de murallas, tenía una pileta cubierta en la que él hacía diariamente sus ejercicios. La casa era de una sola planta, sin escalones ni desniveles difíciles de salvar; decorada con elegancia, se destacaban aquí y allá objetos y cuadros de valor.
Sentada en un sillón de esterilla estaba una mujer de aspecto frágil. Al verlos, inclinó la cabeza entrecerrando los ojos en una actitud curiosa y expectante: el pelo lacio -tal vez demasiado largo para su edad- le caía partiéndose en los hombros; las manos, surcadas de venas increíblemente azules, colocaron con parsimonia la revista sobre la mesa del jardín. El golpe de las muletas, amortiguado por el césped, sonó súbitamente áspero sobre las baldosas de la terraza.
-Mamá, esta es Berta, una compañera de Facultad.
-Encantada, señora.
Se midieron sin disimulo. Ninguna bajó la vista. Diego esbozó una sonrisa.
Es posible que Berta le disguste a mamá como le disgusta el que yo me encierre en el estudio. No sabe comprender lo que eso significa para mí. Allí soy feliz, ante esa hoja en blanco invitándome a una aventura insospechada. Voy llenando carillas, sin sentirlo, hundido en mí mismo, y descubro las palabras para decir lo hasta entonces ignorado. Me miro desde lejos, a veces sin reconocerme: es alguien escondido muy adentro quien dicta los versos que asombrado, releo después. Publicaré mis poemas para que el mundo los juzgue y tendré mi recompensa: son buenos, lo sé. Estas piernas endebles no me obligarán a arrodillarme: algún día otros se arrodillarán ante mí. Ahora debo tener cautela: el amor es, para mí, un riesgo demasiado grande. No soportaría ser humillado: prefiero la soledad. Berta es hermosa y busca mi compañía. ¿Será afecto o piedad? Tengo que descubrirlo. Calma, corazón, no te desboques. El único amor seguro es el de mi madre, pero ella es una mujer enferma y está cada día más débil. Desde la muerte de papá nada le interesa; yo soy su única preocupación; jamás ha pensado en compartirme. Quizá vea en Berta una rival. ¡Qué tontería! No pienso ser trofeo de nadie.
-¿Me acompañan con el té? Lo acaban de traer, aún está caliente.
Berta puso exagerado esmero en ayudar a sentarse al muchacho.
Trajeron tazas y tomaron té: la señora no probó los escones ni la mermelada. Las dos mujeres sostenían una conversación salpicada de trivialidades y de silencios interrogantes.
Más tarde, en el escritorio, Diego hizo para Berta un recuento de los temas tratados en clase. Al escucharlo, todo parecía fácil. Absorta, observaba su boca de labios agresivamente sensuales, preguntándose cómo irrumpir en esa intimidad tan celosamente protegida.
Provocarlo sería un error. Seguiré ofreciéndole mi amistad hasta verlo bajar la guardia. Me muero de ganas de abrazarlo y darle un beso. ¿Cómo reaccionará? Si tiene sólo las piernas impedidas, es que todo el resto marcha bien. Desde mañana voy a empezar a insinuarme. La madre morirá pronto, después lo manejaré a mi antojo. Jamás podrá escapar de mi lado si yo no lo permito: con sacarle las muletas lo tendré indefenso; una media cucaracha, ni siquiera como Gregorio Samsa. Me está empezando a obsesionar. Quiero enloquecerlo, quiero ver cómo un lisiado responde al amor; es curioso, ahora la excitada soy yo. Debo ir con cuidado, las madres poseen antenas especiales, pero esta vieja no tiene demasiadas defensas. Es necesario que me deje el campo libre; ya descubriré cómo.
Era la hora de la fisioterapia. Diego estaba en la piscina. Berta entró al saloncito íntimo, contiguo al dormitorio.
-Buenos días, Doña María. Le traigo unos bombones exquisitos que descubrí en el Super. ¿Cómo está hoy?
-Bien, hija, pero ya sabes que no puedo comer chocolates; es por la diabetes.
-¡Qué pena! Pensé que un bomboncito de vez en cuando no le haría daño... y sé que le encantan. Hay que disfrutar de la vida: los médicos siempre exageran. Dese el gusto y no se lo diga a nadie. Yo le prometo guardar el secreto. Hagamos un pacto: usted oculta nuestra travesura y yo le traeré más bombones y masitas. El hacerla feliz me hace feliz también a mí. ¡Es que la quiero tanto!
En los ojos de Doña María hubo un relampagueo triunfal, que Berta no conocía. Sonriente, la anciana contestó:
-Trato hecho. Les buscaré un buen escondrijo.
Con un bombón en la boca y otro en la mano, escondió la caja bajo llave en la gaveta del secreter y volvió a su sillón hamaca. Mientras comía los dulces con deleite, balanceándose suavemente en su asiento, Berta la entretenía contándole chismes de los personajes de su revista favorita.
Apareció Diego, recién bañado. Antes de que se retiraran a estudiar, la señora les sirvió un refresco con edulcorante, besó a su hijo y, alegremente, despidió con una palmadita a la joven.
Estoy asombrado. Es evidente que Berta tiene una influencia positiva en mamá. Se la ve más contenta; inclusive ayer me dijo que ahora duerme sin pastillas a la noche. Berta nos está alegrando la casa. Me trata con naturalidad; la he descubierto mirándome como si quisiera penetrar en mi interior. No sé si me estoy ilusionando, pero siento que se interesa por mí. ¿Será lo que tanto he esperado? Alguien que me quiera, sin importarle mi defecto, que descubra ese yo profundo, lleno de ternura, capaz de hacer feliz a cualquier mujer. Poseo todo el ardor de mi juventud, aunque debo reprimirme: detesto que se rían de mí. Ellos me tratan como un fantoche. Con un chiste o una sonrisa saldan la deuda de amistad. No les voy a dar el gusto de verme triste, ni jamás me presentaré ante ellos como un miserable. Aunque llore por dentro; aunque grite de rabia y sienta que mis venas se hinchan y eyacule en la cama solitaria. Y ahora Berta me trata con cariño; hasta me parece ver en ella algo de pasión contenida. ¿Será verdad? Me estremezco cuando la siento a mi lado; hermosa, incitante, buena, ¡Dios! No puedo evitar su influjo. Tengo miedo.
El llamado urgente lo sacó de la clase. Encontró a su madre inconsciente: una figura tenue entre sábanas de seda rosa; sus manos de papel, veteadas de azul, se destacaban, lacias, sobre el pecho exiguo. El médico estaba desconcertado por el súbito empeoramiento de la paciente. Siempre consideró controlada la enfermedad; a pesar de su debilidad, nada hacía prever el coma diabético profundo. Ella decía sentirse bien: evitó los análisis con el pretexto de que no los necesitaba, de que estaba cansada de tantos pinchazos. Diego hizo traer su reposera al dormitorio de la madre; los dedos morenos sujetaron las pequeñas alas de garza herida. Parada a sus espaldas, Berta acariciaba los cabellos del muchacho y, al inclinarse, le humedecía la nuca con su cálido aliento. Allí, ante su madre agonizante, supo que la amaba.
Espero que a esta vieja idiota no le dé por recuperarse. Gasté mis buenos pesos en chocolates y masas. Debe estar agradecida. Morirse por comer cosas ricas. No hay nada mejor. Apenas la enterremos, podré darme el gusto. Ya conseguí convencerlo de que estoy enamorada. Sé que tiene la sangre de un toro. Debe ser fantástico hacer el amor con una marioneta, sentir sus piernas bailoteando. ¿Se creerá que puedo considerarlo hombre? En cualquier forma, será una experiencia inolvidable; el problema es qué hacer con él después: creo que notará mi asco. Una vez, para calmarme y probar cómo es, supongo será suficiente; no voy a seguir con esto, habiendo tantos machos enteros. Un busto con patitas de metal no puede servir sino de pasatiempo. ¡Debe ser increíble! Ya lo veo en el suelo, agarrándose a mis piernas para que no me vaya: allí lo voy a escupir; con las uñas le marcaré la cara por haber siquiera sospechado que yo podría quererlo, yo...
Oyó que la silla se derrumbaba, los sollozos, y a Diego aferrándose a la cama para no caer. Todo había terminado. Chispas doradas se escaparon por entre los párpados de Berta; se llevó la mano al rostro para ocultar su alegría. Luego, abrazada a Diego, lloró con él y lo ayudó en los trámites del entierro.
Ya no tengo dudas. Berta me quiere y yo la adoro. Es un ángel, siempre a mi lado, ayudando en todo. Desde la muerte de mamá está más cariñosa que nunca. Ayer buscó mis labios y me besó con verdadera pasión. Me quiere, gracias a Dios, me quiere. Es hermosa, es buena y me acepta tal cual soy. Vivo muy solo en esta casa, sin la compañía de mamá. Le voy a proponer que nos casemos en seguida; mi apellido seguirá existiendo. Debo hacer arreglos en el dormitorio de mamá; ella nunca permitió que la cambiáramos de habitación; siempre durmió en su cama de dos plazas. ¡Pobre mamá! Voy a acomodar sus cosas y buscar el anillo de brillantes; se lo daré a Berta; será nuestro anillo de compromiso. Mamá le tenía mucho cariño, seguramente por el afecto que le demostraba. Esta pieza está impregnada de su perfume de jazmines; eso me hace extrañarla más que nunca. ¡Cuánto habrá sufrido con mi enfermedad! Sin embargo, nunca me lo demostró: se sobrepuso y me educó sin inhibiciones. Gracias, mamá. Al fin encuentro aquí, en su bata, la llave del secreter. Veremos lo que hay: su caja de joyas, papeles, bombones... ¿Cómo es posible? Dios mío, si todos sabíamos que no los debía comer. Tal vez los compraba para convidar a las visitas, pero ¿quién se los traía? La servidumbre es antigua; seguro que ellos no lo hicieron: tendré que averiguarlo. ¿Y esto? Parece un Diario. Ni sospechaba que tuviese uno. No puedo con las ganas de saber lo que escribió sobre Berta; en estas notas deben estar sus impresiones.
Buscó la fecha del primer encuentro: el relato era negativo; su desconfianza no cejaba en las páginas siguientes. Más adelante, empezaba a aceptarla; siguió leyendo y llegó al episodio de los bombones. En el cerebro de Diego estalló un fogonazo. Continuó la lectura: «Mi querida Berta tiene toda la razón del mundo. Como yo no salgo, estoy dominada y me sacan este placer tan inocente. Me ha propuesto un pacto; éste será nuestro secreto». Y más adelante: «He vuelto a mi vicio de antes: como dulces a cada rato. Por suerte Berta me los trae, deliciosos y en cantidad. Me repite hasta el cansancio que no la delate. Ella sabe que no pienso hacerlo: me privaría de esta satisfacción. Además, no puedo traicionar su cariño». El rostro de Diego era una nube de tormenta.
¿Por qué? Imposible dudar: yo mismo le comenté a Berta el riesgo de la enfermedad y la absoluta prohibición de comer pastas o dulces. Ella sabía. No es posible, no puedo creerlo. Mató a mi madre. Lo hizo solapadamente. Tengo que descubrir la razón de esta locura. Ahora, ¿qué hacer? Es necesario llegar hasta el fin del horror. Berta, mi amor, ¿por qué lo hiciste? Es espantoso; yo confiaba en ti.
La casa estaba en silencio; la servidumbre se había retirado a sus habitaciones, y en el living casi a obscuras destellaban las dos copas de champán. La risa entrecortada de Berta subía de tono, mientras miraba a Diego, reclinado en el amplio sofá. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra y se acercó, sinuosa, al muchacho. Había llegado el momento de enloquecerlo; sintió un cosquilleo sensual al pensar en esas piernas entecas y deformes que ella todavía no conocía; era su instante de triunfo: podría gozar de toda la miseria del lisiado. Se irguió de pronto y, desprendiéndose el vestido, lo dejó resbalar. Con manos nerviosas abrió la camisa de Diego, saboreando su propia lujuria: el cuerpo perfecto temblaba en la penumbra. Al ver que el muchacho aflojaba el cinto, se contuvo. En la pieza silenciosa, el jadeo de dos gargantas perforaba las sombras.
La tira de cuero se deslizó fuera de las presillas, y el resplandor de su remate de metal hizo un semicírculo en el aire antes de caer con fuerza sobre la figura desnuda. Con un grito de rabia, Berta se dobló en dos, pero la correa siguió castigando con furia; las carnes se abrían en surcos sanguinolentos. Enroscada en el suelo bajo el aluvión de latigazos, incapaz de levantarse, bramaba de dolor. Casi inaudibles, las palabras silbaron entre los dientes de Diego:
-Gata asquerosa. Asesina.
Los empleados se acercaron, alertados por el tumulto. Ante el cuerpo lacerado de la muchacha arrastrándose sobre el tapiz sembrado de cristales rotos y manchas de sangre, Diego, firme en sus muletas, con un fulgor líquido en las mejillas, sostenía en la diestra el cinturón de cuero.