30 ene. 2026

Es necesario ser coherente con la palabra dada

Por Mons. Ignacio Gogorza (*)
Con la palabra expresamos nuestras ideas, nuestros deseos y nuestros sentimientos. Es fundamental para la convivencia y el conocimiento de las personas. Cuando alguien habla mucho pero no dice nada substancioso, decimos que es un charlatán y no se le presta mayor atención. Si hace promesas y no las cumple, no es creíble.
Porque la palabra tiene valor y es transmisora de confianza en la medida que se identifica con la verdad. En el caso contrario, puede ser destructora de personas y creadora de un ambiente de desconfianza o de indiferencia. Esto es lo que ocurre muchas veces al escuchar una charla, una reflexión, promesas que no se cumplen y afirmaciones que no condicen con la realidad de la persona o de los hechos y situaciones que relata o describe.
Lo mismo para si en el diálogo no se expresa con la verdad o no cumple lo que ha dicho. Queda pura palabras y manifiesta falta de madurez y no ser creíble. “No le creo más porque promete pero nunca cumple”. Es una expresión que escucho a menudo cuando existen problemas de buen relacionamiento. “Habla muy bien, pero no convence”. Es otro de los dichos que se oye con frecuencia.
Ser persona íntegra, de carácter y saber cumplir con sencillez e integridad la palabra dada revela una gran adultez humana. No hay adultez o madurez humana si no se mantiene la palabra dada, si se promete algo y no se cumple. Las palabras son necesarias pero no bastan. Deben ir seguidas de comportamientos coherentes, que son los que de verdad importan. El comportamiento es la cristalización de la palabra.
Mantener y cumplir la palabra dada reviste una importancia capital con el campo de la convivencia humana. La convivencia familiar y ciudadana se desmorona si no mantenemos ni cumplimos la palabra dada. ¿Qué convivencia puede haber si cada uno sigue simplemente sus caprichos y hace en cada momento lo que le da la real gana, olvidando sus deberes y compromisos?
Sin embargo, seguir los caprichos, no cumplir con las obligaciones y no querer comprometerse de forma definitiva son situaciones que se presentan con frecuencia en la actualidad. ¿Por qué?
Quizás por la falta de constancia y responsabilidad que hay en muchas personas. Ambos valores exigen esfuerzo, humildad y confianza en uno mismo. Sin esfuerzo, humildad y confianza no se consigue nada que realmente valga la pena; la persona queda imposibilitada para realizar proyectos, comprometerse o si los realiza llegan al objetivo.
Los fracasos de múltiples personas en la vida matrimonial, profesional o en los ideales que se han trazado se debe a la falta de constancia y responsabilidad. Se han dejado vencer por el temor o la comodidad desestimando el esfuerzo, la humildad y la confianza en uno mismo. No se sienten capaces de ser coherentes con la palabra dada. Pueden haber otras razones pero no es lo habitual.

(*) Obispo de Encarnación y presidente de la CEP.