Editorial

¿Es la Policía que podemos tener o la que nos merecemos?

El servicio público es una de las expresiones más nobles del ciudadano y de la administración del Estado. En esa labor indispensable se destacan por su importancia estratégica las fuerzas del orden público. Las atribuciones de brindar asistencia, consuelo, prevención, protección de bienes y de personas y ser un instrumento de la Justicia y un vigilante del cumplimiento de las leyes ponen a las instituciones policiales como los pilares fundamentales de una sociedad sana, justa, democrática y próspera. Por el contrario, si no cumplen todos o la mayoría de estos deberes, esta estructura pasa a ser una caja vacía que es llenada por manos oportunistas con corrupción, negligencia, prebendarismo, servilismo, obsecuencia y una obtusa y persistente falta de profesionalidad. Con algunos matices, esta última parece ser la realidad de nuestra Policía Nacional.

La Policía Nacional está en una profunda crisis de credibilidad y profesionalismo. La gente de a pie, el paraguayo común y corriente, sin contactos políticos ni influencia de ningún tipo, no sabe si correr de ella o pedirle auxilio cuando las circunstancias así lo ameriten. Las leyes y el sentido común indican que la institución debe ser amparo y reparo del ciudadano, la realidad dicta algo totalmente distinto.

Dos últimos hechos pintan la real dimensión de la desconexión que tienen las autoridades policiales y del Ministerio del Interior con la realidad y las verdaderas necesidades de la gente, a la que verdaderamente debe servir de acuerdo con sus obligaciones legales y constitucionales.

Con un destacado despliegue escénico lanzaron en Coronel Bogado, Itapúa, una nueva edición de un operativo de seguridad llamado Cosecha Segura. La idea es implementar un operativo de seguridad para que los productores de la zona puedan levantar su zafra y trasladarla con todo el resguardo de las fuerzas policiales y de otras instituciones afines. Lo triste es que no lanzaron ningún plan, ni en ese ni en otro departamento, con el mismo ímpetu para dar una seguridad plena y sostenida en las calles asoladas por motochorros y otros asaltantes que ponen en riesgo propiedades y vidas de indefensos ciudadanos.

Cabe destacar que Itapúa es una de las zonas en donde menos amenazas hay a la por demás vital producción primaria y los conflictos de raíz agraria son casi inexistentes. Un departamento con situaciones bien calientes es el de San Pedro. Allí no lanzaron ninguna campaña de Cosecha Segura ni algo que se le asemeje al menos por casualidad. Muy por el contrario, todo el pueblo de Santa Rosa del Aguaray se levantó en contra del accionar de algunos uniformados de esa zona que falsearon el informe oficial sobre un accidente para exculpar al presunto responsable del fallecimiento de una joven de 16 años.

No corresponden las generalizaciones en ningún caso. Pero cuando hablamos de la Policía Nacional y traemos a colación los reiterados casos de corrupción, abusos de poder o simple torpeza mayúscula, caemos en la cuenta de que algo grave está pasando en esa institución. Y el comandante actual y el ministro del Interior deben responder con una acción clara y decidida para tratar de enmendar en algo el estropicio. Hay un solo detalle que pinta cabalmente la fantochada institucional. El comandante y el ministro están enfrascados en una estúpida guerra fría con un entusiasmo digno de una mejor causa. La razón es que no responden a los mismos padrinos políticos. Está de más decir que Mario Abdo Benítez no está en condiciones como para dar un gesto de autoridad como responsable final de las fuerzas del orden.

Sin embargo, sería injusto cargar a los policías con toda la culpa. Ellos no dejan de ser el reflejo de una sociedad y de una clase dirigente oportunistas, acomodadas a sus propios intereses y que siempre quieren someter las leyes a sus caprichos.

Los policías deben ganarse el respeto de la gente. Pero por comodidad o convicción únicamente buscan congraciarse con los poderosos o con quienes les pueden ser de utilidad para satisfacer sus ansias más primarias: ascender y ganar dinero.

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