Opinión

Equivocaciones

Un director de Migraciones acosando a una mujer taiwanesa en la visita oficial del jefe de Estado paraguayo es una muestra de los costos que debe asumir un Gobierno cuando elige mal a sus colaboradores. El presidente se equivocó en muchos de los nombramientos a pesar de haber tenido suficiente tiempo para rodearse de los mejores.

Benjamín Fernández BogadoPor Benjamín Fernández Bogado

Lo que aconteció en las antípodas del Paraguay y el debate sobre el tema nos muestran el nivel y el lugar en que ponemos estas cosas, pero por sobre todo demuestra que nadie será más tolerante con acciones de estos patanes cuyos antecedentes eran dignos de un paso a prisión y no el nombramiento para un cargo tan delicado e importante como el que ha tenido. Es bueno todavía para nosotros que el escándalo lo haya sacado de ese lugar donde la corrupción ha sido siempre una moneda corriente. Los costos que nos hemos evitado fueron importantes. Pero no es el único. Hay muchos otros con el mismo perfil y tendencia que solo esperan la ocasión para repetir lo mismo. ¿Cuántas residencias fraudulentas de criminales, lavadores de dinero y otras plagas nos hemos liberado por la impertinencia oriental del funcionario? Muchas, indudablemente.

No estamos más en los tiempos de la tolerancia. Estos que para algunos son pequeños gestos se convierten, sin embargo, en asuntos de enorme importancia que pueden acabar incluso con los gobiernos. De ahí que los nombramientos deben ser adecuados a los nuevos tiempos. Aquí en los Estados Unidos se dio un acalorado debate en estos días en torno a un jurista propuesto para ministro de la Corte por Trump, luego de la denuncia por acoso de una mujer en sus tiempos juveniles en California. El movimiento que puso énfasis en el tema acometió duramente y la confirmación del magistrado fue por un ajustado número finalmente.

No hay más margen para equivocaciones. El Gobierno debe asumir nuevos roles y proponer alternativas y soluciones. La visita a Taiwán tendría que haber traído por lo menos una idea de transformar la Contraloría en un cuarto poder como lo tienen los orientales y no el mamarracho en que la han convertido sus últimos titulares. El actual, muy suelto de cuerpo para evadir responsabilidades dijo que sus informes no son inculpatorios ni excul- patorios y en muchos casos ¡ni vinculantes! Una afirmación de este tipo tendría que haber acabado con su carrera, pero, sin embargo, sigue siendo funcional a los que lo sostienen para seguir medrando con lo público. Un viaje tan largo a oriente debió servir para aprender cosas, y el cuarto poder taiwanés (la Contraloría) es un excelente modelo que amerita replicarlo entre nosotros con la misma calidad de ellos.

No hay margen de equivocaciones en estos tiempos de velocidad e integración tecnológica. Nada escapa del conocimiento y el control ciudadanos, solo que el Estado aún cree que se puede seguir haciendo gobierno de la misma manera y tocando cuartos sin costo alguno. Están equivocados y deben cambiar.

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