Editorial

Endeudarse para pagar deuda no es buena política económica

Endeudarse para honrar deudas no es una buena política económica, sobre todo cuando las presiones por recurrir a este mecanismo son cada vez mayores. Cuando las autoridades señalan que se mejoran las condiciones del endeudamiento, lo que en realidad ocurre es que se transfiere a los gobiernos siguientes el compromiso de pago y, por lo tanto, las decisiones más conflictivas sobre cómo financiar, ya sea aumentando impuestos o reduciendo gastos. Transferir a otras gestiones y a otras generaciones impone una discusión nacional sobre la responsabilidad política y económica de quienes lo realizan

Estas decisiones deberán ser tomadas por gobiernos que no se beneficiaron políticamente con la “palada inicial” o la inauguración de las obras, y cuanto más tiempo se alarguen los compromisos serán pagados por una ciudadanía que tampoco disfrutó de los beneficios. El problema no es solo económico, sino también ético.

El país debe plantearse acerca de quiénes se benefician y quiénes pagan, en términos políticos, económicos y generacionales. El endeudamiento en un país como Paraguay, caracterizado históricamente por desigualdad en todos los ámbitos y una clase política irresponsable con los mandatos constitucionales, conlleva un riesgo alto de consecuencias cuyo costo será asumido también asimétricamente.

Tres gestiones de gobierno diferentes en 8 años están dejando deudas que deberán ser enfrentadas por los siguientes 6 periodos gubernamentales, es decir, más allá del año 2050. Si la baja presión tributaria persiste, este Gobierno deberá seguir endeudando al país ya que, así como están las cosas, va a tener apuro por dejar al menos obras iniciadas. En los últimos años, una parte importante de los recursos provenientes del endeudamiento han ido a pagar deuda, lo cual no tiene rédito político ni se refleja en obras, por lo que se hace necesario volver a captar deuda. Este círculo no es precisamente virtuoso, ni mucho menos es motivo de aplausos en la evaluación del desempeño económico.

Al déficit ético en el ámbito de la política se agrega la inequidad económica y social de un endeudamiento cuyas obras probablemente contribuyan a profundizar la desigualdad teniendo en cuenta el tipo de obras al que van dirigidos los recursos. La situación se agrava al considerar la estructura tributaria que provee los recursos para el repago.

El excesivo peso de los impuestos indirectos castiga desproporcionadamente a la clase media. Por otro lado, los datos del Ministerio de Hacienda muestran que a medida que se incorporan personas de menores recursos al impuesto a la renta personal aumenta el promedio de pago. Es decir, están pagando más quienes menos ingresos perciben debido a que el sistema les beneficia a los más ricos con excesivas deducciones. Lo escandaloso del caso es que hay personas ubicadas en el 1% más rico de la población cuyo impuesto a la renta fue 0. Esta situación no resiste argumentos éticos, económicos ni políticos.

Tal como están las cosas, quienes se benefician no solo con el crecimiento económico, sino de los bonos y el negocio financiero y de construcción con el Estado, al parecer no están pagando los impuestos que debieran.La construcción de una Nación es inviable por la desconfianza, el desaliento y la sensación de arbitrariedad que se genera en la gente.

El conflicto social, el enraizamiento de grupos delictivos y del narcotráfico y la inseguridad tienen en Paraguay un terreno fértil para expandirse de no cambiar estructuralmente la situación. El endeudamiento y los tributos, al ser parte del presupuesto, tienen una gran responsabilidad al ser la política fiscal uno de los instrumentos principales de la política pública.

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