"¿Que nos dirán por no pensar lo mismo/ ahora que no existe el comunismo? / Estarán pensando igual: / ‘Ahora son todos enfermitos’”. (León Gieco, Los Salieris de Charly).
A veces, los espejismos de la realidad nos juegan una mala pasada. Nos hacen creer que vemos un fresco oasis, allí donde solo hay árido desierto. Nos hacen mirar un supuestamente elevado debate en el foro del Senado de la Nación, cuando por el tono de las intervenciones nos damos cuenta de que es solo una patotera discusión entre un grupo de trogloditas en un bar del puerto. Nos hacen suponer que habitamos en un país moderno y con avances en el respeto a los derechos de las personas diferentes, cuando en realidad seguimos anclados en un territorio de oscurantismo medieval.
Los espejismos de la realidad nos hacen creer que habitamos en un nuevo país, conectados con los progresos del mejor humanismo global, capaces de aprender de nuestra propia historia de autoritarismo y de exclusiones, que ya han causado tanto dolor y tantas profundas grietas en nuestro pasado reciente... hasta que caemos en la cuenta de que en la dimensión paralela existe otro viejo y anquilosado país, que sigue tan vivo, tan presente y tan terroríficamente real.
Ese viejo país es el que varios de los senadores y senadoras de la Nación se han ocupado de retratar muy bien, con el lenguaje más burdo y chabacano posible, en la histórica sesión plenaria del jueves 29, cuyos ecos pintorescos aún siguen recorriendo el mundo mediático internacional.
Es el país de los “bien machos” y de los “viriles jinetes”, los que tienen “aliento a yaguareté”, los que consideran “lacra (o lacre) de la sociedad” a los que tienen una opción sexual diferente. Es el país –único en la región– que se niega a tener una ley contra la discriminación.
¿No es este acaso el mismo país que se ha ofrecido, con tanta unción diplomática, a ser la sede en estos días de la 44 Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA)? ¿Qué hacemos entonces recibiendo a una organización como la OEA, que en los foros locales es acusada de ser “un instrumento de la secta de los Illuminati, para imponer en el mundo el matrimonio gay, el aborto y la promiscuidad”?
Frente a los voceros de ese país fascista y retrógrado, por fortuna se escuchan también muchas voces –incluso en el propio Senado– que nos anuncian que los espejismos también pueden ser reales. Será cuestión de tiempo, de voluntad y evolución educativa.