Estar preparado para desempeñar el mejor de los trabajos no garantiza una vida de éxito. Conocerse a sí mismo, entender los sentimientos propios y los de los demás, y saber relacionarse con respeto sí son determinantes para una vida plena.
Las habilidades emocionales son algo que se requiere en el día a día. Por eso es importante orientar a los hijos desde niños para canalizar e identificar sus emociones y sentimientos. “Si desde su nacimiento les damos una seguridad y confianza básicas, desde el amor y el respeto, podrán relacionarse con su entorno y se adaptarán de buena forma a la situación que se les presente”, explica Patricia Zubizarreta, psicóloga clínica.
¿Por qué es tan importante educar en las emociones? Según estudios, la educación emocional entre los 0 y tres años determina el éxito de la vida. Y está científicamente comprobado que las emociones son la base para la estructura mental que configura la inteligencia, las estrategias de superación y la personalidad. Además, estas determinan la relación de uno mismo con el mundo e influyen en la salud mental y el bienestar personal, de la misma manera en que permiten a las personas comunicarse e identificar lo bueno y lo malo. Por todo esto, es fundamental transmitir a los hijos experiencias encaradas desde el amor y el respeto para su felicidad futura.
Es el adulto quien primero debe conocerse y capacitarse para transmitir al niño esos comportamientos. Esto se consigue comprendiendo las propias emociones, para poder administrarlas y canalizarlas.
Para Lilia Giardina, psicóloga clínica, la educación en la primera infancia es el cimiento del niño, la base de lo que será de adulto, por lo que la mejor manera de acompañarlo en su descubrimiento emocional es estimulándolo, con el buen trato y, ante un obstáculo, incentivándolo a seguir adelante.
El poder del diálogo
Daniel Goleman, en su libro La inteligencia emocional, describe a la familia como la primera escuela para el aprendizaje emocional y añade que los hijos aprenden de los padres de acuerdo a la manera en que estos controlan o no los impulsos, la forma en que perciben e interpretan las actitudes de los demás y cómo enfrentan los altibajos de la vida. Para la psicóloga clínica y familiar Analía Acuña, “los hijos aprenden de lo que se verbaliza y de los gestos. Las expresiones faciales, son más determinantes que las palabras, incluso”.
Una madre reprochaba constantemente los actos de desobediencia de su hijo de cinco años, que tiraba cosas, pegaba y mostraba otras reacciones agresivas. A fin de superar esto, ella identificó con él la emoción y el sentimiento experimentado y a partir de allí trabajó el comportamiento.
Antes que reprochar la acción, le explicó que, cuando él tiraba cosas, ella interpretaba que estaba triste y enojado. De esta forma se abría un espacio para hablar de las emociones que sentía el chico. Lograda esa apertura al diálogo, la madre planteó al hijo utilizar otras maneras de expresión que no fueran la violencia, para mostrar lo molesto que se encontraba. Por ejemplo, expresar verbalmente sus emociones, para así conseguir un acercamiento que le ayude a manejar esos sentimientos. Así, el niño empezó a desarrollar una dinámica de pensamiento antes que la mera descarga motriz.
“En lugar de retarles y castigarles, sería ideal ayudarles a identificar lo que sienten. Y demostrarles opciones alternativas para la catarsis, como pegar un almohadón, correr, bañarse o tirar pelotas contra la pared, es algo positivo. La emoción no es mala en sí misma, pero lo que se hace con ella puede estar bien o estar mal”, añade Zubizarreta.
Lo fundamental es que el adulto tenga la capacidad de ayudar al hijo a ponerle nombres a sus emociones y después analizar qué hacer con eso.
Ser conscientes de que en realidad lo que hay que corregir es su “hacer” y no su “ser”, porque eso sería entrar al terreno de la esencia propia del niño. “La gran dificultad de estas acciones radica en que se ven invalidadas por el actuar del mundo adulto. Tanto los niños como los adolescentes van cotejando la educación recibida con el actuar de los adultos”, sostiene Alejandro Brown, psicoanalista.
Hasta los dos años, la percepción del ser humano es emocional, luego se comienza a desarrollar la percepción racional. Por lo tanto, lo conveniente sería acercarse más a las emociones, de modo a llegar a un entendimiento más preciso de la experiencia del niño. “No existe una forma única de educar las emociones de los hijos, ya que cada niño es distinto. La mejor manera de llegar a un acuerdo es el diálogo, enseñar a los niños desde pequeños a expresarse, a que digan si les molesta alguna situación y a desmitificar creencias negativas. Ellos son como esponjas que absorben su entorno, aprenden más con el ejemplo de quienes los rodean”, apunta la psicóloga Yerutí Montaner.
Sin lugar para las emociones
Si un niño es capaz de identificar cuáles son sus sentimientos y los de sus compañeros, sabrá reaccionar de forma adecuada y tendrá una autoestima alta.Quienes no son capaces de controlar sus emociones son propensos a acarrear problemas debido a su intolerancia a la frustración, la falta de adaptación a su grupo social y, por ende, la agresividad. La fortaleza emocional puede actuar como una poderosa arma de prevención ante situaciones como la depresión, la agresividad y el estrés.
Ni en la casa ni en la escuela es recomendable sostener una educación autoritaria, algo que podría ocasionar la ausencia de criterios, la sumisión, el miedo a la libertad, la falta de conciencia del propio ser y la desconexión de uno mismo. Este modelo enseña al niño que el adulto siempre tiene la razón y que debe obedecerle, independientemente de lo que piense o sienta al respecto.
Para los expertos, la educación tendría que darse en todas las dimensiones, de modo a tener unas bases emocionales bien formadas.
Cada niño es un ser único e irrepetible, y en manos de los padres está la posibilidad de hacer que se desarrolle satisfactoriamente. La educación empieza por casa. No lo olvide.
Texto: Fátima Schulz
Foto: Fernando Franceschelli
Modelos: Carmen y Regina Ferreira.