En varios lugares, al norte del Departamento de San Pedro, en los últimos días de agosto, cantaban con terca insistencia dos pájaros: el guyra kuchui ?llamado también kuchui guyguy, yvyja?u y lui ryevu en el léxico popular? y el syryko. <br>El primero es un ave de mal agüero: su canto áspero, como de ultratumba, es el aviso de alguna desgracia en las inmediaciones del lugar donde se escucha su ronca voz. El otro anuncia la proximidad de la lluvia. <br>Los que escucharon al temido kuchui pensaron que alguna emboscada al amparo de la noche, unas puñaladas mortales en un juego de truco o una carrera de caballos, un asalto con saldo fatal o un angelito estaban al acecho. <br>El otro animal, nombrado también como chiriko y chirikóte ?el chirikóte que alegra el alba acompañado del kogoe, dice la letra de la polca Alfonso Loma?, de hermoso plumaje, habitante de las cercanías de arroyos y montes altos, parecía avisar acerca de la inminencia del muy esperado ama guasu para sofocar la despiadada sequía. <br>Mudaron varios vientos. El cauce de varios cursos de agua fue quedando sin su fresco habitante habitual. El sol, una y otra vez, salió y entró. Sin embargo, nada de lo que presagiaban esos hijos alados de la naturaleza se cumplía. Por un lado ?en el caso del lui ryevu?, era bueno que el vaticinio de la muerte violenta fuera falso, pero, por otro, era penoso que el cielo no se derramara en gotas para apaciguar la sed de la tierra y sus habitantes.<br>El ecosistema, sin embargo ?a pesar de las agresiones humanas?, conserva sus leyes. La sabiduría popular ?que permanece sobre todo en la memoria de los mayores, porque los jóvenes ya “curten” otra onda? es la que lee su contenido. “Oikóta ivaíva”, insistían las abuelas con la certeza ciega de que más tarde o más temprano alguna desgracia les iba a golpear. <br>Dos semanas después, como jinetes del apocalipsis, llegaron las llamas. Con su lengua ardiente, devoraron hierbas, alambradas, árboles, casas, ropas, cultivos, animales de toda laya y personas, inclusive. Había sido eso era lo que el pájaro de los lamentos estaba advirtiendo. <br>Ya cumplido el papel que le fuera asignado, el kuchui desapareció de los caminos polvorientos y los oídos de las personas. Espantado por el fuego, elevó sus alas para posarse en lugares distantes y continuar notificando a la gente que estaba por ser invadida por el humo, primero, por la hoguera y la pavesa, después, para mostrar una superficie negra, triste y desolada. <br>Mientras tanto, el syryko y la pequeña bandada que lo acompañaba también habían dejado de dar señales de vida. Como no se volvía cierto su augurio redentor, algunos calcularon que prefirieron retirarse a refugios de silencio, donde puedan afinar su percepción para no perder el prestigio que tantos años de infalibilidad les había otorgado. <br>No era, sin embargo, así. Un grupo de niños curiosos, seis días después de que la quemazón tragase sus escasas pertenencias, llegó a una isla. Mejor, a lo que quedó de lo que era un kaysa yvate, dormidero de aquellos chirikótes tan apreciados por ser portadores de un mensaje que en el campo siempre es de buen tiempo. <br>En el suelo, entre los troncos pulverizados y las cenizas todavía tibias, encontraron restos de plumas rojas, negras, verdeoscuras, acaneladas y blancuzcas. Eran todo lo que restaba de los syryko. Antes de entregarse al sueño, habían cantado por última vez.<br>