La Casa de la Independencia estaba acostumbrada a recibir mil visitas al mes. Pero en los tres días de fiesta popular del Bicentenario, esa cifra se convirtió en tres mil por día.
La gente formaba fila para entrar a mironear y nadie se fue de ahí sin recorrer el Callejón Histórico. El Pan- teón de los Héroes jamás habrá tenido tanta visita, ni tantos habrán posado para una foto con él.
Resultaría difícil resumir lo que nos pasó en estos últi- mos cuatro días. Un amigo de la Redacción diría que lo que nos sucedió va a quedar en los anales, y por primera vez creo que tendría razón.
Si me preguntan, a mí lo que más me gustó fue poder volver a caminar por mi ciudad sin tener miedo. Y no era por los milicos y los policías apostados en las esqui- nas. Es que el ambiente, si bien era de euforia, nos daba la sensación de estar en familia, entre amigos.
Y me impresionó aquel muchacho que, en un grado absoluto de euforia, en medio de la multitud, se puso a gritar: "¡El que no salta es kurepi!”. Pero me emocionó todavía más esa señora mayor que, a los gritos y en me- dio del ruido del ambiente, le explicaba que ella no po- día saltar y le mostraba su bastón. No era una manifes- tación de xenofobia, era la manera que encontró aquel muchacho de expresar su alegría.
Pero nunca faltan los que le buscan la quinta pata al gallo, como dijera un intelectual de esos que andan por nuestro Parlamento.
Esos que en estos días intentaron arruinarnos la fiesta. Pero hasta ellos tuvieron que caer rendidos ante la evi- dencia de que, a veces, la gente nos da sorpresas. Y la multitud que inundó las calles de Asunción, entre el viernes y el lunes, nos dio una sorpresa enorme.
Nadie, nunca jamás, se hubiera imaginado lo que su- cedió. Nadie se hubiera podido imaginar que las cele- braciones del Bicentenario de nuestra Independencia Nacional pudieran reunir a tantos miles de paraguayos, sin que se hubieran registrado incidentes, tumultos ni desmadres, como aquellos que se ven tras un partido de fútbol en el Defensores del Chaco.
Los amargos intentaron aguarnos la fiesta, pero no bastaron sus argumentos, sobre el hecho de que tanta alegría no iba a cambiar nada o que la plata que nos van a dar por Itaipú son migajas, y otros argumentos de mala onda.
Sus pobres argumentos quedaron enanos al lado de la multitud emocionada con la música, los famosos ma- pping y los fuegos artificiales.
En esos momentos de pura emoción, a nadie se le ocurrió preguntarse si los organizadores se guardaron en la cartera los millones, porque lo que la gente quería era juntarse y dar rienda suelta a una alegría que, por esta vez, no fue por un equipo de fútbol o por un partido político. Los miles que ganaron las calles festejaban su libertad de poder celebrar y estar alegres. Aunque más no fuera por un fin de semana.
Yo no sé si Fernando Lugo se dio cuenta de lo que su- cedió, pero espero que si no lo hizo, alguno de su anillo de confianza le haya contado.
La ciudadanía tomó por asalto los festejos y los con- virtió en una gran fiesta popular.
Y espero que tomen nota de los extraordinarios acon- tecimientos del pasado largo fin de semana.
La lección es bien simple: la ciudadanía estaba ávida de tener un motivo para celebrar. Y quería salir a la calle y reunirse con su familia y sus amigos, y caminar simplemente por lugares por donde normalmente no se puede.
No se engañen: lo del Bicentenario fue solo una excu- sa que encontramos. Estamos cansados de sus peleas por cupos de poder; y de las manifestaciones de violen- cia sin sentido.
Necesitábamos espectáculos en la plaza, música, lu- ces, bailes y un buen pretexto para ver el lado bueno de ser paraguayos.
Y, ahora sí, lo digo muy en serio: el que no se halló en los festejos del Bicentenario, ¡seguro que es kurepi!