27 may. 2026

El que agotó los calificativos del castellano

Por Mario Rubén Álvarez | alva@uhora.com.py

Cuando después de tantos años de haber muerto regresan los ilustres, retornan también las historias vividas por tantos compatriotas - célebres o no, conocidos o no, dignos de ser recordados por la posteridad o no- que construyeron lo mejor de sus vidas en el exilio económico o político.

En 1991 eran repatriados los restos del mayor creador musical paraguayo, el Padre de la Guarania, José Asunción Flores. Así como largo había sido su destierro, también infinita fue la espera para que al menos lo que quedaba de sus huesos pudiera volver para reposar junto al contaminado rumor del arroyo Mburicaó en una plaza que lleva su nombre y el de su entrañable amigo, Manuel Ortiz Guerrero.

Ahora vuelve el polvo de Arsenio Erico. Para elogiar su salto de acróbata, ensalzar su habilidad de bendecido, el diccionario castellano agotó su cantera de adjetivos calificativos. Los periodistas de la época nunca pudieron encerrar en el sonido de los vocablos la totalidad de las maravillas del que llamaron “El semidiós de Avellaneda”, “El saltarín rojo”, “El paraguayo de goma”, “El rey del gol”, “El mago del área”, “El resorte mágico” y quién sabe de cuántos otros deslumbrantes modos más.

Un gesto solidario - jugar en el equipo de la Cruz, Roja que hacía partidos benéficos en la Argentina para recaudar fondos para los combatientes de la Guerra del Chaco- le había puesto en el circuito de la fama y de la gloria.

El jovenzuelo que brillara en filas de la Academia, Nacional, llevó la luminaria de su talento al puerto de Buenos Aires. Desde entonces, los picos más elevados de su carrera deportiva tendrían el color de ese equipo en el que con el tiempo también militarían con honores Idalino Monges y Aníbal Pérez.

Humilde y sencillo, Erico vestía cada domingo el esplendor de sus taquitos y saciaba la sed de goles de los hinchas de su club haciendo que la pelota besara una y otra vez la red del arco rival. Entre Arsenio y el arco vencido había un romance que se festejaba sin avaricia en las gradas de los estadios.

En tiempos en que la pelota era el dios del fútbol y no el dinero, el que de niño y adolescente había sido discípulo del no menos legendario Pa’i Pérez, en Salesianito, no jugaba por acrecentar sus ahorros en el banco. Le bastaba y sobraba que detrás de la pasión de su vida pudiera ganar lo suficiente para llevar una vida decorosa.

Muchos quisieron imitarlo, pero todos - como Alfredo Di Stéfano- terminaron confesando que el maestro era inimitable. Su técnica era una mezcla de bailarín de ballet e imparable flecha con un único destino: algún espacio inalcanzable para el arquero del equipo contrario. Su don tan personal no podía ser reproducido por los que careciendo de la inspiración del genio intentaban refugiarse detrás de la burda imitación de originales.

Así como Erico era grande en el arte del balón, era también inmenso en generosidad. No son pocos los músicos paraguayos - cuyo primer gran éxodo, en la década de 1930, coincidió con la época de oro del futbolista- que cuentan que el jugador siempre tenía el corazón y las manos abiertos para socorrer prestamente a sus compatriotas enredados en la telaraña de penurias económicas insalvables.

Querría haber escrito acerca de lo que supone morir en el exterior y el vía crucis que implica volver mediante la gestión, muchas veces, de personas que el finado jamás conoció. Pero ya ven que la figura imantada de Arsenio Erico me ha arrastrado a su orilla. Si el Cid Campeador seguía ganando batallas después de muerto, él continúa despertando admiración aún en los que solo leímos y escuchamos los relatos acerca de su personalidad excepcional.