Escuché ayer, por partes, el “debate” de nuestros parlamentarios a la hora de decidir si firmar o no una declaración, que finalmente sí firmaron, sobre la postura del Paraguay ante la OEA. La declaración es básica y pide al Ejecutivo respetar y defender la Constitución porque debe ser un criterio esencial, sobre todo, a la hora de firmar documentos internacionales.
Pero el intercambio de opiniones de los parlamentarios durante el debate me pareció muy pobre, salvo una que otra sensata excepción. Dejó al descubierto una vez más la escasa formación humanista e integral de muchos de ellos.
Estuvo a la orden del día la manipulación y tergiversación de términos como género (que algunos entienden como equidad varón-mujer, mientras otros ya apuntan a un concepto más amplio de construcción cultural de la sexualidad humana, sin tener en cuenta los datos biológicos de las personas, lo cual es una ideología de moda en otros países con extravagantes y preocupantes consecuencias educativas), inclusión, discriminación, derecho, tolerancia, este último también muy manoseado hoy, incluso en la formación escolar.
Muchos dan por sentado que la tolerancia es la aceptación total y sin condiciones de cualquier conducta humana, cuando, en realidad, se trata de un ejercicio de la voluntad que nos permite soportar, cargar con algunos males a fin de alcanzar bienes superiores o evitar males peores. Tolerar no es aceptar todo. La tolerancia como valor nunca supone una renuncia a la búsqueda de la verdad de las cosas. Dicha renuncia no sería humana, sino simple acto reflejo, de comodidad y hasta de perversidad, si pensamos en sus consecuencias.
Hablaban también de la discriminación, la cual, sin embargo, algunos parecían usar como sinónimo de cualquier distinción entre una conducta y otra. Absurdo. Distinguir no es discriminar. Al contrario, para gobernar y hacer leyes hay que tener ideas claras y para ello hay que distinguir las cosas.
Al final, pareciera que la palabra se convierte en un simple juguete descartable en los discursos, apeligrando con su manipulación, reduccionismo y tergiversación la claridad de criterios que debería guiar el actuar de nuestros dirigentes.
En las aguas revueltas de este lenguaje manipulado ideológicamente, la realidad de las cosas se diluye y el discurso se pervierte en detrimento de lo humano. Dicen que es la ganancia de algunos pescadores de aguas enturbiadas. Ojalá alguna vez se discutan los problemas de fondo.