Cuando asume un gobierno, el partido político que lo llevó al poder se diluye en un sufijo que reduce en una persona la máxima representación del Estado. Es un significante que retrata quién encabeza el poder y quiénes forman parte de esa nueva hermandad. Los que no pertenezcan a esa corriente o movimiento, aunque pertenezcan al mismo partido no gozarán de las mieles del poder.
Los gobiernos se definen por el apellido de sus presidentes: El wasmosismo, el nicanorismo, el luguismo, el cartismo, el abdismo. Estas corrientes personalistas se diluyen con el fin del mandato, un destino inexorable que supo sortear Horacio Cartes no solamente sobreviviendo en la llanura, sino retornando al poder.
Cartes, siendo presidente de la República, eligió personalmente a Santiago Peña como su sucesor en el 2016 tras fracasar el plan de la reelección, para lo cual le hizo renunciar a su partido, el PLRA, y a ponerse el pañuelo colorado. Perdió en el 2018, pero tuvo su revancha en el 2023.
Desde el primer día de su mandato, Peña arrastraba la pesada mochila de tener poca autonomía justamente por sus orígenes. Era el gerente de un movimiento cuyo único líder era (es) Cartes y se vislumbraba con claridad que se venía un Gobierno bicéfalo. Duda que no pudo desestimar en el primer periodo de su mandato. Quizá en la distribución de los negocios del Estado haya mayor equidad, pero políticamente no ha tenido gravitación. A diferencia de otros gobiernos no se conformó el peñismo porque Cartes mantiene el control absoluto del comando político, tanto que ha trasladado a su residencia la simbología del poder que representaba Mburuvicha Róga. En ese contexto de liderazgo absoluto, volvió a digitar al candidato presidencial de su movimiento para el 2028 eligiendo a Pedro Alliana como sucesor, deseo que ya impuso en noviembre del 2025. Es el gran elector. Peña ha sido pato cojo desde el inicio de su mandato.
La dirigencia de base quedó con la ilusión de designar al candidato a vicepresidente y se desató una dura batalla entre senadores, diputados y gobernadores. En esto también se equivocaron. Cartes ya tenía armada la dupla, pero una rebelión agitada desde el Palacio de Gobierno intenta quebrar esa decisión.
MOVIMIENTOS EN FALSO. El peñismo intentó constituirse desde el primer momento. Un Gabinete técnico, más cercano al presidente fantaseaba con esa idea. Este plan tuvo su primer enajenamiento cuando EEUU declaró significativamente corrupto a Cartes y el empresario se convirtió en una especie de lepra. Veían en esta caída una oportunidad para posicionar al presidente como líder natural, pero el empresario supo construir lazos con el trumpismo, que llegado al poder, le retiró de la lista negra. El plan se replegó. Una segunda oportunidad se dio en marzo cuando Cartes tuvo un grave cuadro salud que lo obligó a internarse y salir con marcapasos. Honor Colorado empezó a cojear ante la vulnerabilidad de su líder. Ante la probabilidad de una ausencia más larga se insinuó nuevamente la creación de una fuerza política afín a Peña, con los gobernadores como infantería, el sector que más depende del presupuesto del Poder Ejecutivo y que con el plan Hambre Cero están asegurando su futuro político.
En este contexto se desató la disputa por la definición de la Vicepresidencia. Surgieron nombres: El ministro Juan Carlos Baruja, el diputado Raúl Latorre, el gobernador César Sosa y el empresario ministro Marco Riquelme. Este último fue rápidamente descartado. La clase política tiene ojeriza con la tecnocracia peñista que no tuvo la gestión maravillosa como pintaban. Lo admitió el propio presidente en la última reunión de Gabinete donde cuestionó a varios de ellos. “Ya no más estadísticas, quiero resultados”, les advirtió señalándoles el delicado escenario electoral.
La sorda disputa tuvo un clímax la semana pasada cuando Bachi Núñez dejó en claro que los senadores acompañaban la decisión de Cartes de postular a Baruja para la vice. Parecía que el pleito acabaría allí. Pa’ima he’i (ya lo dijo el cura, una popular frase en guaraní que significa decisión inapelable). Llamativamente, eso no detuvo el reclamo de los gobernadores y diputados que redoblaron la apuesta. Alliana se sentía presionado por las fuerzas en disputa. Ante el escalamiento de la interna, puso freno de mano y los anti-Baruja lograron con éxito posponer la definición de la dupla hasta después de las municipales. Aunque esto está por verse. En el quincho no hay paciencia para tan largo plazo.
Cartes aprovechó un acto en la Junta de Gobierno para mencionar públicamente a su favorito. Apeló a la picardía para dejar el mensaje: “Juan Carlos Baruja, me prohibieron hablar así que no voy a decir lo que tengo que decir, lo que siento, pero se entiende, ajéa!”, un recado teledirigido a Alliana más que a los díscolos.
¿Continuará la inusual insurrección de los gobernadores y diputados para confrontar abiertamente al dueño y señor de Honor Colorado y el ala dura del cartismo, atizados por fuerzas que buscan posicionarse desde el Palacio de Gobierno?
Si el peñismo no pudo nacer en el primer tiempo del Gobierno, ¿lo podrá hacer ahora, cuando el Presidente está más debilitado y con menos margen de maniobra?
En la elección del compañero de Alliana estará la clave.
- No se conformó el peñismo porque Horacio Cartes mantiene el control absoluto del comando político.
Textual
“Quiero agradecer la presencia del legislador Dionisio Amarilla. Muchas gracias, Dionisio. Yo creo que tu presencia acá es de más importante junto con el diputado (cartista Édgar) Nito Chávez, quienes han trabajado para esta y muchas otras leyes que buscan generar empleo, oportunidades para el Paraguay. Mucho tiempo estuvimos en el mismo partido Dionisio (PLRA), pero podemos volver a estar. Las puertas están abiertas siempre para que te puedas unir a nosotros (a la ANR)”. (Santiago Peña, presidente de la Rca. Ex PLRA, hoy ANR)
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