No se pueden mitigar las palabras del Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. “Este es el misterio de nuestra fe”, se proclama inmediatamente después de la Consagración en la Santa Misa.
Ha sido y es la piedra de toque de la fe cristiana. Por la transubstanciación, las especies de pan y vino “ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, signo de un alimento espiritual; pero adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en cuanto contienen una “realidad”, que con razón denominamos ontológica; porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa (...), puesto que convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan y de vino, sino las solas especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar”.
Nuestra fe y nuestro amor se deben poner particularmente de manifiesto en el momento de la Comunión. Recibimos a Jesucristo, pan vivo que ha bajado del cielo, el alimento absolutamente necesario para llegar a la meta.
El papa Francisco en una de sus homilías en la Iglesia de San Estanislao de Roma dijo: “Y nosotros ¿estamos dispuestos a seguir este camino? Somos caminantes, no errantes. Somos peregrinos pero no vagabundos –como decía San Juan Pablo II.
También nosotros podemos convertirnos en “caminantes resucitados” si su Palabra enciende nuestro corazón, y la Eucaristía nos abre los ojos a la fe y nos nutre de esperanza y de caridad. También nosotros podemos caminar junto a los hermanos y hermanas que están tristes y desesperados, y encender sus corazones con el Evangelio, y partir el pan con ellos, el pan de la fraternidad. Que San Juan Pablo II nos ayude a ser “caminantes resucitados”. Amén.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal y la web http://www.teinteresa.es – 04.05.2014)