En 1971, 24 personas, reclutadas con la promesa de una paga, fueron encerradas en el sótano de una prestigiosa universidad americana.
El conjunto, compuesto en su totalidad por jóvenes blancos, de clase media y universitarios, fue dividido aleatoriamente en dos grupos. 12 fueron encerrados como presos comunes, luego de ser detenidos y fichados, como cualquier detenido. Los otros 12 fungían de carceleros y podían ausentarse del sitio. La mayoría de ellos se quedaron todo el tiempo en la “cárcel”, seducidos por su condición de privilegio.
Estaba planeado que el experimento durase 15 días. Tuvo que suspenderse a los seis días por la extrema crueldad de los guardias y por la alienación y el padecimiento de los detenidos. La intervención de una mujer, ajena al grupo involucrado en la pesquisa y que tenía como responsabilidad verificar el desarrollo del estudio, fue vital para la suspensión del experimento, ya que ella tuvo que denunciar la dramática pérdida de moralidad que se estaba registrando.
El responsable del trabajo fue el reputado psicólogo Philip Zimbardo. Su investigación pasó a conocerse como El experimento de la cárcel de Stanford, generando una importante repercusión, provocando grandes dosis de cuestionamientos y otras tantas de certezas.
En diálogo con la revista brasileña Veja, Zimbardo cita a Freud y dice que el mal tiene sus raíces en la propia naturaleza de la mente humana, y que todos, sin excepción, cargamos con un componente que incita a la maldad.
Subraya que, sometidos a presión, los humanos desatan su maldad sin mayores contratiempos. Además, destaca que el ser humano posee una capacidad infinita para justificar sus acciones.
Zimbardo afirma que todos los estudios indican que apenas un 10% de las personas son absolutamente inmunes a la maldad. Paralelamente, hay un 1% de los humanos que son violentos con plena conciencia, sin vergüenza y con un desprecio hacia el dolor ajeno: son los psicópatas.
El psicólogo puntualiza, sin embargo, que hay una sola vacuna contra el mal: “El ejercicio permanente de la autocrítica”.
Y es precisamente ella la que está faltando en el Paraguay, con relación al EPP. La derecha se limita, a su mejor estilo, a fomentar la represión, abriendo una peligrosa posibilidad de fisura democrática al permitir el uso casi discrecional de las FFAA en conflictos internos. La izquierda, por su parte, que por su naturaleza debía ser la más autocrítica, coquetea y justifica, por acción y omisión, a una nucleación anacrónica y asesina que contamina la justa lucha social.