En mesas comunes, los amantes del jopara compartieron bromas y cuentos referentes a esta tradición local tras abonar G. 10.000 por el plato. Luego de probar el jopara y un caldo de surubí, Nilda Julia dio cátedra de la tradición y contó que su origen se remite al tiempo en el que se practicaba el monocultivo. “Cuando las condiciones climáticas no daban, se echaba a perder la cosecha y había hambre. Ahí la gente personificó a la miseria a través del hombre andrajoso que ingresaba a las casas y destapaba las ollas y, si estaban vacías, echaba una maldición”.
Si bien comer jopara para algunos fue algo inusual, para Evaristo Barrios, oriundo de Puerto Indio, Mbaracayú, no lo fue. “Casi todo el tiempo luego comemos esto en la campaña”, dijo el hombre de campo, que pasó por la zona luego de reclamar un desalojo en el local del Indert.
La tradición del jopara se transformó, según el promotor Clemente Cáceres. Así, hoy a los Jopara so’o y kure se le sumó el jopara kesu, preferido por las mujeres.
Al son de una bandita koygua, en la Manzana de la Rivera hasta con latonas la gente se sumó porque el jopara fue gratuito. Los comensales rieron al ver al mítico personaje que con su silencio dio a entender que volvería el próximo año.
En la plaza de Caacupé, los voluntarios que trabajan a favor del Obispado ofrecieron el caldo de locro y poroto a beneficio del seminario San José, informó nuestro corresponsal, Darío Bareiro.