A pesar de haber mantenido una relativa estabilidad macroeconómica en comparación con la región –con inflación por debajo de dos dígitos y un tipo de cambio dentro de los márgenes esperables–, el modelo de crecimiento basado exclusivamente en la ventaja agroexportadora y la baja carga impositiva mostraron siempre sus límites, pero en estos últimos años estos ya parecen infranqueables. Para dar el salto definitivo hacia una economía desarrollada, diversificada y competitiva, el país necesita tomar decisiones audaces de inversión pública que han sido postergadas por décadas.
Un reciente informe publicado por la institución financiera J.P. Morgan, titulado “Paraguay: Investment Forum Takeaways - From stability to scale”, estima que el país debería mantener inversiones equivalentes al 4,5% del producto interno bruto (PIB) durante los próximos 20 años. El cálculo contempla redes de transporte, servicios públicos y energía, telecomunicaciones e infraestructura social.
Esta inyección continuada de capital no representa un gasto corriente ni superfluo, sino el cimiento indispensable para sostener el ritmo de crecimiento de la economía nacional. Sin rutas troncales y secundarias en óptimas condiciones, hidrovías operativas durante todo el año para abaratar los costos de transporte, conectividad digital de alta velocidad y una red de distribución eléctrica moderna que aproveche plenamente nuestra soberanía energética limpia, resulta inviable diversificar la matriz productiva y elevar los niveles de productividad y competitividad que exigen los exigentes mercados internacionales.
Sin embargo, el capital físico es inútil sin el capital humano. Paralelamente a la transformación vial e industrial, el Estado debe garantizar una inversión presupuestaria mínima y constante de por lo menos 12,0% del PIB tanto en el sistema educativo como en la salud pública.
Un país que aspira a atraer inversiones extranjeras de alto valor agregado no puede permitirse que su fuerza laboral enfrente brechas educativas históricas ni un acceso precario a los servicios sanitarios básicos. La competitividad internacional de una nación moderna no se mide únicamente en toneladas de materia prima exportadas, sino en la capacidad de innovación, la salud integral y la calidad de vida general de su fuerza laboral.
La pregunta ineludible que surge en el centro del debate público y fiscal es: ¿cómo financiar este monumental salto en la inversión pública sin poner en riesgo la disciplina fiscal? La respuesta técnica está en la estructura de los ingresos tributarios.
Actualmente, Paraguay registra una de las presiones tributarias más bajas de América Latina, rondando apenas entre el 10% y el 11% del PIB. La mejoría en la recaudación y el combate de la evasión de manera para alcanzar progresivamente el promedio latinoamericano que se encuentra en el orden del 21% debe ser un objetivo ante el tamaño del desafío de la inversión en infraestructura.
Igual, aumentando al promedio latinoamericano nos mantendría por debajo del promedio de más del 34% que registran los países desarrollados. Es decir, es posible financiar genuinamente estas inversiones sin ahogar la iniciativa privada ni arriesgar la sostenibilidad de las cuentas públicas; al contrario, aliviaría la necesidad de endeudamiento público que ya llega a niveles de insostenibilidad.
Alcanzar esta meta no es una utopía irrealizable ni un cálculo sobreestimado; es fundamentalmente un desafío político y de compromiso social a largo plazo. Exige romper definitivamente la inercia del cortoplacismo presupuestario y superar la resistencia dogmática a un ajuste fiscal progresivo y justo para aumentar los recursos genuinos. El financiamiento del desarrollo es viable si se construye un consenso en la clase política y en las élites económicas para pactar un gran acuerdo socioeconómico nacional.
El costo de no invertir adecuadamente hoy se pagará inevitablemente mañana con estancamiento económico, brechas de desigualdad y una pérdida progresiva de competitividad global. El futuro del país no depende de la escasez de recursos, sino de la visión estratégica y el coraje de sus dirigencias.