A orillas del Jordán, Juan Bautista predicaba a personas de toda condición un bautismo de penitencia para preparar la llegada del Mesías. Y cuenta el evangelio según san Juan que, cuando el Bautista vio llegar por fin a Jesús ante él para bautizarse, lo anunció en voz alta otorgándole un título misterioso y solemne que sigue pronunciando la liturgia romana en misa antes de comulgar: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
La imagen del cordero, con su aspecto manso y revestido de lana blanca, resultaría muy familiar para cualquier judío contemporáneo de Jesús. Muchos se habrían criado en zonas de campo donde abundaban las piezas de ganado como esta. También guardarían en su memoria el pasaje del profeta Isaías que presentaba al siervo del Señor como un cordero que se deja sacrificar sin quejarse para librarnos de todos los males.
Todos los años, los judíos piadosos peregrinaban a Jerusalén por la fiesta de la Pascua y se acercaban al templo para escoger al menos un cordero por familia, para inmolarlo y comer la Pascua por la noche.
El cordero debía ser macho, de un año y sin defecto, y no se le debía quebrar ningún hueso; todo como estipulaba la Ley de Moisés (cfr. Éxodo 12,1ss). También debía ser sacrificado entre dos luces, es decir, a mediodía; y tenía que comerse de pie, ceñidas las cinturas, con panes ácimos, y untando con su sangre las jambas de las puertas, para conmemorar el paso del Señor, en Egipto, cuando la última plaga mató a todos los primogénitos que no habían sido protegidos con la sangre de los corderos inmolados.
Anunciando al Mesías como Cordero de Dios, el Bautista revelaba aspectos esenciales de su misión redentora. Como explica Benedicto XVI, “la expresión ‘cordero de Dios’ interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte”. El cordero pascual que conmemoraba la liberación de Egipto, empezaba en el Jordán a revelarse como la prefiguración del verdadero cordero, inocente y manso, que sería inmolado a mediodía en la cruz por todos los hombres, para liberarlos del pecado con su sangre derramada. Esta misión era asumida por Jesús con su bautismo en el Jordán.
Sobre esta expresión del Bautista para referirse a Jesús, “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el papa Francisco comentaba en una ocasión que “el verbo que se traduce con ‘quita’ significa literalmente ‘aliviar’, ‘tomar sobre sí’. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando.
No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás”.
Y “¿qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? —se preguntaba también el Papa Francisco—. “Significa poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio”.
“Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorío”, dice Dios al profeta Isaías. “Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra”. Estas palabras, aplicadas originariamente al pueblo de Israel, encuentran su cumplimiento pleno en Jesús y en su Iglesia. El nuevo pueblo de Dios no está circunscrito a una región, a una cultura o a una sociedad: el Señor extiende su salvación a todas las naciones y a todos los hombres.
San Josemaría, … decía: “No existen fracasos –convéncete–, si obras con rectitud de intención y con afán de cumplir la voluntad de Dios. Entonces, con éxito o sin éxito, triunfarás siempre, porque habrás hecho el trabajo con Amor”. Podemos pedir a María que nos ayude a comprender cada vez mejor la verdadera victoria que nos trajo su hijo, el único Cordero de Dios.
(Frases extractadas de https://opusdei.org/es/article/meditaciones-2-domingo-tiempo-ordinario-ciclo-a/ y https://opusdei.org/es-py/gospel/2023-01-15/).