«Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”». En las Bienaventuranzas, Jesús quiere que acojamos un estilo de vida que se centre en lo importante: La presencia de Cristo en cada uno. Esto es lo que nos hará realmente felices en la tierra y en el cielo.
El conocido pasaje de las bienaventuranzas que nos relata San Lucas comienza diciéndonos que Jesús “alzando los ojos hacia sus discípulos comenzó a decirles”. El Señor que nos mira y nos habla y nos muestra que existe una felicidad superior a la pensada. Nos enseña que estamos llamados a una felicidad más alta y profunda y grande; una felicidad que no pueda ser amenazada por el dolor, la contrariedad y el sufrimiento.
Ciertamente estas palabras del Señor pueden ser desconcertantes, pero, a su vez, nos dan mucha luz sobre lo que significa ser discípulo de Cristo. El papa Francisco nos dice que las bienaventuranzas son “el carné de identidad del cristiano”.
Son el camino para seguir a Cristo, para identificarnos con Él por medio del amor. En nuestro seguimiento del Señor en medio del mundo, en medio del trabajo ordinario, viviremos ese encuentro con el Señor en la pobreza y el hambre, el llanto y la persecución. La pobreza y el hambre de no disponer de medios materiales ni de trabajo; el dolor y el llanto ante acontecimientos que rompen el corazón; o la incomprensión e incluso la persecución por seguir al Señor. Son realidades que están presentes en la vida corriente de todos los cristianos.
(Frases de https://opusdei.org).