La primera tentación de los dueños de un banco es prestarse a sí mismos, utilizar el dinero de sus ahorristas para financiar sus propios negocios, comprar empresas y subsidiarlas hasta que sean rentables. El peligro es que los bancos no son igual de rigurosos consigo mismos que con los demás.
Un banco jamás le prestaría a un cliente más dinero del que este pueda efectivamente devolver, y menos si pretende invertirlo en alguna operación especulativa. Cuando el beneficiario del préstamo pertenece a su grupo, sin embargo, las exigencias se flexibilizan y el control sobre el destino final del dinero se relaja. Es exactamente lo que pasó con el banco de Santiago.
Este banco, con fuertes vínculos políticos con el gobierno, empezó a financiar su expansión económica con préstamos vinculados, créditos concedidos a empresas del mismo grupo o a compañías nuevas, cuyos administradores eran sus ex empleados.
El crecimiento fue rápido y agresivo, acompañado de una fuerte campaña publicitaria y la inversión en varios medios de comunicación.
Toda una fiesta.
Finalmente, el banco colapsó y arrastró a buena parte de la economía chilena. Era enero de 1983. La terrible experiencia sirvió de base para que se reformulara a nivel mundial cómo establecer límites a los riesgos que puede asumir un banco cuando presta el dinero de sus ahorristas, y el límite más importante fue para los préstamos vinculados, a la tentación de prestarse a sí mismos.
Y una cuestión fundamental: ninguno de los préstamos que había otorgado el banco chileno se había salido del marco legal. Los abogados encontraron la manera de adecuarse siempre a las normas vigentes, aunque fuera obvio que estaban especulando en inversiones riesgosas con el dinero de sus ahorristas.
Por esa razón, hace cuarenta años se adoptó como principio básico en todos los sistemas de supervisión bancaria que la sustancia es más importante que la forma. Esto significa que las operaciones bancarias deben registrarse, evaluarse y regularse según su realidad económica y financiera y no por la apariencia jurídica de los contratos o documentos que los respalden.
Por ejemplo, un banco puede otorgar un préstamo millonario a una empresa que solo existe en los papeles, que tiene sus documentos legales en regla y presenta garantías que parecen válidas. Esa es la forma. Sin embargo, al investigar el fondo de la operación se descubre que los dueños reales de la empresa son los mismos directores del banco.
La sustancia económica dice que el banco se está prestando dinero a sí mismo, tal como ocurrió en la crisis del Banco de Santiago en 1983. Por norma internacional, el regulador castiga la operación por su sustancia, sin importar que los contratos legales parezcan perfectos.
Este principio fundamental de la supervisión bancaria establecido por el Comité de Basilea (organización integrada por los presidentes de bancos centrales más importantes del mundo) ha sido desechado olímpicamente por el Banco Central del Paraguay (BCP) y la Superintendencia de Bancos, bajo la administración de Santiago Peña.
La polémica desatada en torno a un banco relacionado con la familia del presidente tiene que ver con la fiscalización que hizo la Superintendencia de Bancos de los préstamos concedidos a empresas vinculadas con los dueños del banco. La entidad traspasó los límites de lo permitido. Para corregir la trasgresión vendió parte de esos créditos vinculados a una financiera del mismo grupo, que pagó con depósitos realizados por otras empresas que obtuvieron el dinero del mismo banco mediante préstamos millonarios. El gerente de supervisión fue claro en un memorando interno: la sustancia económica de la operación revela que el banco compró indirectamente su propia cartera con el dinero de sus ahorristas. En términos reales, la transgresión nunca se corrigió.
El presidente Peña prefirió trasladar al funcionario a otra institución y el BCP y la Superintendencia de Bancos, en respuesta a consultas del Congreso, respondieron que la irregularidad jurídicamente ya fue subsanada. Dieron luz verde para que los bancos especulen con el dinero de sus ahorristas, siempre que cuiden la apariencia jurídica.
La forma sobre la sustancia. Cuarenta años de experiencia internacional a la basura.