06 abr. 2026

El árbol que produce hielo

Por Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

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En el patio de una vecina de Santa Rosa del Aguaray apareció un árbol que produce hielo. El fenómeno provocó un revuelo entre los pobladores y atrajo a la prensa, que, intentando encontrar una explicación, interpeló a científicos, botánicos y agrónomos. Estos aseguraron que era imposible que aquello fuera hielo y que podría tratarse de un líquido exudado por la corteza, de la espuma secretada por un insecto o una consecuencia del exceso de humedad.

No estoy de acuerdo. Sostuve muchas veces en esta columna que todo es posible en este país. Incluso, los más inverosímiles sucesos. He visto tantas cosas, que no me animo a descartar nada simplemente porque parece surrealista. El Paraguay es una tierra oníricamente irracional. Por eso creo en la Virgencita de los Milagros que apareció en el interior de un balde de plástico el mes pasado en Altos; creo en las misteriosas imágenes de santos que se forman en las paredes húmedas y creo que los que excavan profundidades buscando tesoros ocultos no son lunáticos obtusos, sino visionarios.

Pero no estoy loco, sé que hasta el realismo mágico tiene sus límites. Hay cosas que ocurrirían solo por obra de un milagro. Por ejemplo, que los sojeros paraguayos acepten pagar impuestos. Eso sí me sorprendería babilónicamente. O que una gran mayoría de parlamentarios comprendan que es una injusticia tributaria que los que más ganan sean los que menos aportan y voten en consecuencia. Si eso ocurre, podría llegar a tener una lipotimia transitoria.

O que el presidente reconociera que, como falta dinero para los gastos sociales y las inversiones en infraestructura, es lógico exigirles algo más a los que les va muy bien y no apretar el cinto a los cooperativistas. En ese caso, hasta temería un infarto. Me tranquiliza pensar que es poco probable que suceda algo así a corto plazo.

Es que, aunque los defensores de un sistema de exportación de soja con 0% de impuestos se van quedando sin argumentos, instalar la idea de la profunda injusticia que eso representa en la conciencia colectiva de una sociedad dura de roer, lleva su tiempo.

Pero alguna vez habrá una mayoría ciudadana que se indigne de verdad ante la irracionalidad de que una producción con alto costo social, traducido en daño ambiental, deforestación, migración campesina forzada y escasa necesidad de mano de obra, no devuelva al Estado una parte de sus enormes ingresos. Ocurrirá alguna vez. Entonces –y solo entonces– el temor a un escarmiento surgido del malhumor social hará que sojeros, parlamentarios y Ejecutivo cambien de opinión.

Esto no puede ocurrir sin algún prodigio. Como que el tronco de lapacho metálico que el escultor Hermann Guggiari levantó en el medio de la Plaza de Armas comience a dar frutos, por ejemplo. O, mejor aún, granos. De soja, por supuesto.