Opinión

El aislamiento del Chaco que ya debió superarse

Susana Oviedo — soviedo@uhora.com.py

En los noventa, derrocada la dictadura, sobrevino una eclosión social tal que los medios de comunicación disponían de periodistas que se ocupaban con exclusividad de sectores como campesinado, indigenismo, organizaciones sindicales y lucha por la tierra. Eran sectores que bullían y los temas surgidos en cada uno de estos ámbitos hacían que en ocasiones se reforzara el área con más periodistas.

Particularmente en casos de ocupaciones de tierras, marchas campesinas, desalojo de comunidades indígenas, huelga de hambre, manifestaciones de trabajadores y posicionamiento de las centrales sindicales sobre determinadas decisiones del Ejecutivo, etcétera.

Los interlocutores sociales eran diversos y respetados. Ya entonces, uno de los temas recurrentes constituía el estado de aislamiento de numerosas localidades del interior hasta donde llegábamos los periodistas de la capital para dar cobertura y seguimiento a los hechos mencionados. Varias de esas poblaciones se encontraban así desde décadas atrás porque para la dictadura eran pueblos de liberales o contreras al régimen o de subversivos, por lo que se los castigaba con inversión cero en obras y en bienestar de la población. Nada de caminos de todo tiempo, aislamiento total.

Pero otras comunidades, como las periféricas de la Región Occidental, salvo las ciudades menonitas allí fundadas, simplemente no constituían prioridad alguna.

Tal es el caso de Bahía Negra, Fuerte Olimpo, Puerto Casado, Carmelo Peralta, Isla Margarita, obraje San Carlos, por citar algunos.

Llegar a esos sitios era posible solo por avión, a través del Transporte Aéreo Militar, o bien, por agua en algunas de las embarcaciones que llegaban con cierta periodicidad llenas de pasajeros y mercaderías para proveer de lo básico a los habitantes olvidados de esa mitad del país.

Los pueblos indígenas estaban abandonados a su suerte. Salvo los que tenían el acompañamiento de las tareas evangelizadoras de algunas congregaciones religiosas católicas o de algún grupo evangélico.

A 32 años de haberse iniciado el periodo democrático y transcurridos varios gobiernos, ese Paraguay del olvido que la dictadura quería ocultar bajo la alfombra, ha cambiado muy poco.

Parte de esas comunidades del territorio chaqueño, no menonita, sigue condenado al abandono. Las dejaron con su falta de agua potable, inmersas en una dramática situación de pobreza, sin acceso a derechos fundamentales, como salud, educación seguridad alimentaria, empleo, etc. Salvo algunas calles cementadas o empedradas actualmente, y puestos de salud para los primeros auxilios, la realidad sigue siendo la que vivió hace unos días Antonia Benítez (87). Con un cuadro de neumonía, la mujer se trasladó desde Bahía Negra en una lancha, durante tres horas, hasta Fuerte Olimpo (Alto Paraguay), donde tampoco pudieron ofrecerle la atención que precisaba. Abordó otro bote hacia Puerto Murthino, Brasil, desde donde prosiguió viaje por tierra en ambulancia hasta el hospital de Concepción (Paraguay).

Como ella, otros compatriotas deben atravesar largos, tortuosos e impracticables caminos para alcanzar algún hospital, como si no bastara vivir aislados, como treinta años atrás, cuando los temas sociales inundaban los medios de comunicación. Cuando se tenía la esperanza de que, por fin, un nuevo gobierno terminaría con tanta injusticia. Pero no ocurrió esto y, con los años, tales situaciones dejaron de ser vistas con la atención inicial. Pese a que sigue la inequidad. Por eso, es bueno repasar quiénes fueron y son las autoridades departamentales y municipales que administraron los recursos asignados a los departamentos de la Región Occidental. También las autoridades nacionales que no se preocuparon de romper el largo aislamiento de muchas poblaciones; los funcionarios corruptos que desvían los recursos de sus genuinos destinatarios, y los políticos oportunistas que miraron a esa mitad del Paraguay, solo cuando precisaron votos.

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