Economía

Educación 2030

Antonio Espinoza, Club de Ejecutivos

“Nunca hagas predicciones, especialmente, sobre el futuro”. La frase es atribuida a Niels Bohr, el gran científico danés que recibió el Premio Nobel de Física en 1922. Sabias palabras, y muy pertinentes para especuladores de la bolsa, jugadores de quiniela y opinólogos deportivos.

Gobiernos, sin embargo, necesariamente tienen que hacer proyecciones con horizontes de 10, 20 o más años, y estimar la cantidad y naturaleza de la demanda para todo tipo de inversiones, sean rutas, aeropuertos, cárceles, sistemas de transporte público o educación.

En el caso de la educación, el desafío es particularmente complejo debido al rápido avance de la tecnología informática. Por un lado, no tenemos certeza sobre la manera en que la tecnología afectará el panorama laboral, y cuáles han de ser las competencias que serán demandadas por el mercado de empleo. Por el otro, existe incertidumbre sobre cómo impactará la tecnología en la metodología educativa.

Hasta fines del siglo XVIII, la educación general humanística era privilegio de familias acomodadas que tenían los recursos para solventar tutores privados para sus hijos. Para casi todos los demás jóvenes la formación era básicamente vocacional, adquirida como aprendices en condiciones de semiesclavitud en talleres y bufetes. El mérito de la educación por medio de tutores es que, así como el alumno aprende del tutor, el tutor aprende del alumno, y va adecuando su estrategia didáctica y velocidad de avance a las particulares fortalezas y debilidades de cada discípulo.

Todo cambió con la Revolución Industrial. La maquinaria agrícola desplazó a la gran masa de trabajadores rurales, y las nuevas industrias crearon una fuerte demanda por mano de obra en fábricas y ciudades, con otras exigencias de formación. Para satisfacer esa demanda se consolidó la educación pública, que a su vez adoptó el modelo de la fabricación industrial en serie, con un maestro enseñando a muchos alumnos siguiendo un inflexible programa de estudios en el cual el estudiante aventajado se frustra, y el que tiene alguna dificultad de aprendizaje se aplaza.

Hoy, la tecnología, y en particular la inteligencia artificial, nos permiten vislumbrar nuevos modelos educativos que, como los tutores de antaño, adecuan la enseñanza a las habilidades del alumno. La tableta, o el televisor, serán ventanas a un aula con un profesor virtual. Después de cada clase las respuestas del alumno a un cuestionario serán transmitidas a procesadores centrales que de acuerdo con ellas crearán la siguiente lección, que presentará la materia y los ejemplos de la manera más accesible y atractiva para ese estudiante individual, estimulando su interés y aclarando sus dudas. Esto no es especulación: ya existen incipientes empresas prestando este servicio a colegios privados. Esta educación a medida será mucho más eficiente y eficaz, y con mayor equidad que los obsoletos modelos actuales.

Con este panorama, ¿cuál será el papel del maestro, y cómo habrá de ser la infraestructura de la escuela del futuro para adecuarse? Hoy, las clases se dan en la escuela, y los ejercicios y deberes se hacen en casa. Pero mañana, las clases podrían ser dadas en casa por los profesores virtuales, y los ejercicios y trabajos prácticos se harán en la escuela, donde el papel del maestro será de orientación antes que de enseñanza.

Reconocidos profesionales paraguayos y especialistas internacionales en educación se encuentran elaborando un proyecto de reforma educativa para el país. Esperemos que ignoren la advertencia de Niels Bohr, y se aventuren a predecir y planificar para la revolución educativa que se viene, recordando que cuando la educación pública queda a la zaga de la tecnología, el resultado es inequidad.

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