Opinión

¿Divino tesoro?

Blas Brítez Por Blas Brítez

En Paraguay se echan en falta demasiadas cosas, tanto como hay muchas que definitivamente sobran. Entre estas, están las motocicletas. Al menos en las ciudades. En la campaña suplantaron a los caros caballos y hacen patria en las amplias soledades de la soja. Para seguir con la ecuación de las máquinas, entre las carencias están los buses público-privatizados que deambulan escasos en los vericuetos urbanos. El enriquecimiento de los maquiladores (que después de dos años de fabricar las motos ensambladas en régimen privilegiado, en el caso de no exportarlas pueden inundar el mercado nacional, las calles y las veredas con ellas) se conecta con el alto índice de criminalidad que existe entre los empresaurios del transporte: pésimos y pocos buses dan muchas y buenas motos.

Pero lo que este cronista verdaderamente siente como necesidad nacional, ustedes sabrán perdonar, es la publicación de una Historia de la Juventud en Paraguay. Que alguien la escriba, por favor, ahora que está tan asediada por todas partes, tan desprotegida, tan rotos los eslabones generacionales de la memoria. Ahora que los muchachos y las muchachas mueren, simplemente, en la violencia diaria del hambre y el crac, del feminicidio, el suicidio y la explotación laboral, de los asaltos y las enfermedades curables. Ahora que palidecen, vanamente, en el embrutecimiento de una mente algorítmica, bajo un sistema educativo absolutamente fracasado, a pesar de sus reformas, con un no resquebrajado conservadurismo histórico que siempre viene y vendrá por más.

Es que no hay para los jóvenes, no hubo mucho nunca qué hacer de edificante, de emocionante, de libremente creativo en este país –más que los “patrióticos” sacrificios en la guerra permanente, externa e interna, a que la sometieron sus eternas camarillas en discordia–; país condescendiente y hostil hacia la población joven, sobre todo desde las élites autoritarias. No hay mucho que ofrecerle hoy tampoco, por supuesto. No hay mucho más allá de los paraísos de la virtualidad y del consumo, de la urgente materialidad más básica que, a fin de las cuentas, nada perdona tanto en un asentamiento de Horqueta o de Recife, como en un barrio de Capiatá o de Los Ángeles.

Una Historia de este tipo, claro está, no parece revestir una urgencia tal en un país cosido de urgencias. Pero dadas las circunstancias, dado el futuro que se avizora, quién sabe. Tal vez de algo sirva enterarse de qué hicieron las juventudes del Paraguay cada vez que una crisis económica, política, social y moral, todo junto, se avino sobre el país. Crisis azuzada, obviamente, por adultos madurísimos en ejercicio del poder económico, político, social y moral, otra vez.

Pusieron el cuerpo y la mente, por citar un caso más reciente, en el Marzo Paraguayo, una gesta cívica de esas típicamente traicionadas en este país por la clase política colorada, esencialmente, pero también por el oportunismo de personas mayores de diversas banderías partidarias. Estas agrupaciones, prácticamente todas, no tienen ninguna promesa siquiera que incumplir para este sector de la sociedad.

En Uruguay, donde se escandalizan con el crecimiento de la violencia entre los jóvenes, un adulto mayor de 59 años mostró que se puede tener projimidad con la juventud estigmatizada de las calles. Contó que cuando encuentre a estos “pibes” del barrio, sucederá lo siguiente: ”Me van a saludar y les voy a preguntar: ‘¿Con qué se están lastimando hoy?’. ‘No, acá, tomando un vinito’, van a responder. Yo sé que con alguna cosita más también. Me van a pedir una moneda. Si tengo, alguna moneda les voy a dar. Les voy a poner una mano en el hombro y les voy a decir: ‘Gurises, cuídense, está bravo. No hagan cagada’. Y les voy a tomar un traguito. No es nada. Es lo que puedo hacer para sentir que queda humanidad en esos botijas, y en mí’“.

Como demostró este ciudadano uruguayo, en medio del horror de la realidad se puede seguir siendo humano. No tan mierda.

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