Opinión

Desratización parlamentaria

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Largo, larguísimo, fue el proceso de pérdida de investidura de Dionisio Amarilla. Es que luego de que fracasaran los intentos de postergación y de suavización de la pena –suspensión por sesenta días–, la estrategia del senador parece haber sido la de vencer por cansancio a sus pares. Curiosamente, el interés de la gente no decayó hasta bien entrada la noche, obligando a radios y canales de televisión a suspender su programación habitual para transmitir en directo la sesión del Senado.

En sus interminables y repetitivas intervenciones el acusado dio muestras de un egocentrismo casi patológico, presentando como testigo de parte nada menos que al papa Francisco. No menos insólito fue que mostrara un bloque entero de un programa televisivo en el que los conductores se mofaban de Juanky Lezcano, el periodista que denunció el tráfico de influencias. Es que, en sus horas postreras como senador, Dionisio Amarilla lo intentó todo. Divulgó un video en el que sus hermanos –todos ellos, en su momento, funcionarios de la Universidad Nacional de Asunción, institución desde la cual consolidó su poder político– lo defendían y, con escasa sutileza, amenazaban a Mabel Rehnfeldt. Antes había intentado que también pierda la investidura un senador de Hagamos, aunque el caso lo involucraba mucho más a él que al supuesto denunciado.

Afuera estaba su tropa, vivando a su “comandante”. No tengo cómo probarlo, pero estoy seguro de que todos ellos eran funcionarios liberales de alguna institución estatal gracias a las “gestiones” del senador. Tenían razón para estar nerviosos, la destitución de Dionisio es una mala noticia laboral. Por eso golpearon, insultaron y escupieron a periodistas que se acercaron demasiado. Pero no podían hacer mucho por ayudarlo.

La que definitivamente no lo ayudó fue su abogada, quien evidenció una desubicación temporo-espacial de dimensiones amazónicas. Sin ser senadora, no tuvo mejor idea que comenzar su exposición como si fuera una maestra de escuela enfadada: “No esperaba nada de ustedes, aun así logran decepcionarme”. ¿Esa buena señora sabía que, pese a la calaña de algunos de sus integrantes, se estaba dirigiendo al Senado de la Nación? El que sí se dio cuenta de ese ridículo desenfado fue el propio Dionisio Amarilla, quien con gestos y cuchicheos le pedía que se calle por favor.

El ex senador, como otros antes que él, es historia pasada. Ahora deberá explicarse ante la justicia paraguaya, un terreno tradicionalmente amable con el enriquecimiento ilícito. Su partida deja lecciones. Se me ocurren estas: 1) si la bancada llanista quiere perdurar en el tiempo, tendrá que ofrecer algo más que servilismo al grupo colorado que está en el poder; 2) Añetete ya fue madrugado dos veces por el cartismo. Siguen confundiendo gobernabilidad con impunidad y el costo político de su actitud complaciente es más alto de lo que creen. Y 3) esto no terminó con Amarilla. No sé en qué pensaban quienes votaron a individuos como él, pero, felizmente, hay formas de corregir el error.

Ni el título ni la frase final se refieren al senador Amarilla. Pero demasiado me hallo al decirlo. ¡Qué viva la desinfección!

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