¡Qué gusto volver! Y qué bueno comprobar que la hospitalidad de Última Hora no ha cambiado, permitiéndome reanudar este contacto semanal, interrumpido hace ocho meses. Si vuelvo, es porque las cosas recobran su normalidad. Y eso me alegra, excepto por una constatación incómoda. Siento que los instrumentos empíricos de análisis que me han servido por tanto tiempo para opinar sobre los sucesos políticos y sociales se han vuelto anticuados. Venga, que le explico.
Este oficio de columnista obliga a estar atento a lo que ocurre en los partidos, en la sociedad y en el mundo, a veces hasta lo obsesivo. El enorme caudal de informaciones diarias que se escuchan y leen en el corto tiempo disponible lleva a construir esquemas mentales de análisis, prioridades y síntesis que permiten digerirlas aceptablemente. Descubrir, de repente, que uno no está obligado a tener una opinión sobre todo lo que ocurre, ni estar informado de todos los detalles, es inesperadamente relajante. Una de las ventajas de estar a distancia de esas urgencias cotidianas es el reencuentro con el tiempo libre para leer otras cosas, por ejemplo. Pero la pausa ofrece también la posibilidad de tener una visión distinta de lo que pasa frente a nosotros. Esas cosas que no las vemos, por estar tan ocupados en hacer el inventario de lo que ocurre.
¡Cómo está cambiando el Paraguay! Hay que apartarse un poco para percibirlo mejor. Que no jodan los amargos de siempre pensando que me refiero al gobierno de Lugo, a la alternancia en el poder o a algún sector político en particular. Este cambio no tiene mucho que ver con los políticos. Al contrario, es algo que está ocurriendo sin que los partidos se den cuenta.
Son cambios de fondo y muy veloces. Por lo menos para los seculares parámetros de un país que sacralizó la estabilidad y la lentitud de sus cambios sociales. Se trata de cosas que vienen ocurriendo por la simple e invencible dinámica de los cambios tecnológicos del mundo y por la fluidez del comercio en la era de la globalización, que convirtieron a la resignada autodefinición de “isla rodeada de tierra” en antigualla del siglo pasado.
Guardando las proporciones poblacionales, pocos lugares del mundo vivieron la explosión de teléfonos celulares que se dio en Paraguay. La irrupción de las motos ofreció una insólita autonomía a pobladores de ignotas compañías rurales. Una parte de muchísimas familias vive ahora en España y envía al terruño no solo remesas, sino vivencias desconocidas, experiencias novedosas, miradas más críticas y universales sobre la vida y la política. La economía se ha vuelto esquizofrénica. El Paraguay ha demostrado que es posible ser uno de los países que más crece en el mundo mundial mientras permanece entre los más desiguales del ídem.
Hace unas noches, en la Escuela de Ciudadanía de Coomecipar, el máster en Geografía, Fabricio Vázquez, explicaba cómo la extraordinaria dinamización de la economía campesina, a partir de la instalación de empresas que procesan productos agrícolas, ha cambiado radicalmente el estilo de vida de ciudades como Santa Rosa del Aguaray, San Estanislao y Curuguaty. Mientras en Asunción discutimos la bipolaridad soja-agricultura tradicional, crece sin pedir permiso un vigoroso tercer espacio de experiencias productivas exitosas de exportación de materia prima con valor agregado. Las demandas sociales ya no cambian con las generaciones, cambian con los años.
No sé si este país será mejor o peor del que conocemos. De lo que estoy seguro es que las cosas sucederán más rápido. Y que será más complicado interpretarlo. Y que a la estructura política paraguaya -que ya era anacrónica el siglo pasado- le será aún más difícil entenderlo. Pero, usted, tranquilo. Allí estaré yo para darle la precisa. Para hacerle creer que la tengo clara.