02 oct 2026

Cuando mi candidato tiene que ganar: Una mirada desde el cerebro

Faltan pocos días para las elecciones y probablemente muchos ya tenemos una opinión formada. Pero existe una pregunta que, como neurólogo, me resulta particularmente interesante: ¿qué ocurre en nuestro cerebro cuando dejamos de pensar “me gustaría que gane este candidato” y comenzamos a sentir que “mi candidato tiene que ganar”?

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Cuando una elección política se transforma en parte de nuestra identidad, deja de ser solamente una evaluación de propuestas. Entra en juego algo mucho más profundo: Nuestra necesidad de pertenecer, de sentirnos representados y de proteger aquello que consideramos parte de nosotros.

El cerebro no procesa de la misma manera una información que percibimos como neutra que aquella que amenaza algo que sentimos propio.

Estudios de neurociencia han encontrado que las opiniones políticas pueden involucrar circuitos relacionados con las emociones, la recompensa y la memoria. La amígdala, el estriado y otras estructuras de estas redes participan en la manera en que asignamos valor emocional a la información política. Investigaciones más recientes incluso muestran que los cambios en la identidad política pueden acompañarse de modificaciones en la respuesta cerebral ante contenidos políticos.

Esto ayuda a explicar una experiencia cotidiana: Cuando alguien critica a nuestro candidato, muchas veces no sentimos que simplemente están cuestionando una propuesta. Podemos sentir que están cuestionando nuestras ideas, nuestro grupo o incluso nuestra propia identidad.

Y entonces aparece un fenómeno conocido como razonamiento motivado. Nuestro cerebro puede buscar, interpretar y recordar información de una manera que resulte compatible con aquello que ya creemos. La evidencia sobre identidad partidaria muestra que esta puede influir en la memoria, en la evaluación de la información e incluso en la percepción.

Por eso una misma noticia puede provocar entusiasmo en una persona e indignación en otra. No necesariamente porque una de ellas esté viendo una realidad completamente diferente, sino porque el cerebro interpreta la información a través de conocimientos, experiencias, emociones y pertenencias previas.

Las redes sociales pueden intensificar este fenómeno. Recibimos continuamente mensajes que confirman nuestras opiniones y, al mismo tiempo, nos muestran contenidos diseñados para captar nuestra atención. El resultado puede ser un círculo en el que cada vez estamos más convencidos de tener razón y menos dispuestos a escuchar al otro.

Pero hay algo importante: Tener una preferencia política no significa que nuestro cerebro esté condenado a ser irracional.

El cerebro también puede detenerse, revisar una información y cambiar de opinión. Esa capacidad de reconsiderar, inhibir una respuesta impulsiva y evaluar nueva evidencia depende de procesos cognitivos que involucran redes prefrontales y otras regiones cerebrales.

Quizás por eso, en estos días previos a una elección, una buena pregunta no sea solamente “¿quién quiero que gane?”, sino también: “¿Qué información estoy dispuesto a aceptar aunque contradiga lo que pienso?”

Podemos defender nuestras ideas con convicción sin convertirlas en una amenaza permanente contra quienes piensan diferente.

Al fin y al cabo, una elección dura un día. La convivencia continúa después.

Y nuestro cerebro, afortunadamente, tiene una extraordinaria capacidad: Puede aprender que alguien que piensa diferente no necesariamente es un enemigo.

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